Por Ramón Flores el 06-Jun-2008 |
Foto 0 en Portugal 2004: la eterna esperanza del modesto: pega esta imagen en tú pagina, Foro, Myspace o Ebay con este código...
La última Eurocopa celebrada hasta el momento, que organizó Portugal en solitario después de que España rechazara formar parte de una candidatura conjunta, será recordada por el triunfo de Grecia, una especie de sorpresa-milagro sólo comparable a la victoria de los daneses en 1992. Sin embargo, fue una hazaña obtenida desde presupuestos muy diferentes, y hasta opuestos, a los de aquellos locos escandinavos. La selección que presentó Rehhagel cumplió escrupulosamente, casi de manera canónica, las características de un buen equipo modesto: sensacional orden defensivo, aprovechamiento de recursos, poderío mental, dominio de la estrategia, consistencia física. Todos los valores, en fin, que definen al juego más como descarnada competición que como actividad lúdica. Uno de esos conjuntos que el esteta deplora tanto como el rival teme, y que ofrece una base adecuada para que la fortuna, bien predispuesta hacia él, determine la longitud de su recorrido, máxima en este caso. También a diferencia del campeonato ganado por la Dinamita Roja, que fue interpretado con acierto como un accidente, el triunfo de los helenos dejó una serie de enseñanzas que, a su vez, han generado animados debates: la importancia de la táctica frente a la improvisación, la reivindicación del juego colectivo frente a la anarquía o el efecto del sobrecargado calendario en las estrellas. Algunas de estas controversias han llevado a oscuros razonamientos que llegan a negar incluso la utilidad real del jugador en cuanto a individuo ?frente a su definición como simple pieza de un engranaje-, así que preferimos quedarnos con una consecuencia inmensamente positiva de la victoria griega: en el fútbol, el pequeño siempre tiene una oportunidad.
El equipo heleno mostró sus armas e intenciones desde el primer momento, pues el azar del destino les dio un puesto en el partido inaugural, ante la brillante selección anfitriona que comandaban Deco y el veterano Luis Figo ?quienes, por cierto, se llevaban fatal-, y donde ya sobresalía un tal Cristiano Ronaldo. Grecia marcó dos goles siguiendo su particular formulario de aprovechar el error del rival, y puso a funcionar su poderoso centro del campo para anular a los lusos. Zagorakis empezó a lucir como todoterreno, Basinas como el hombre ancla de cuya valía saben bien en Mallorca, y Stelios Giannakopulos y Karagounis aportando dinamismo en el medio. Sumando a esto una defensa infranqueable comandada por Dellas y Fyssas, se entiende que Portugal fuera el primero en engrosar una después larga lista de equipos llevados a la desesperación por el rigor de los de Rehhagel. Sólo consiguió marcar Cristiano cuando ya era tarde.
Este fue también el grupo de España, a quien precisamente Grecia había enviado a la repesca en la fase previa. El equipo entrenado por Iñaki Sáez presentaba una columna vertebral integrada principalmente por jugadores del Valencia, donde Raúl, quizá por última vez en una gran competición, ejercía de líder espiritual dentro y fuera del campo. Contra su costumbre, el equipo nacional comenzó bien, con un aceptable partido ante una Rusia muy diferente a la que veremos la próxima semana, y donde aún tenían su lugar dinosaurios como Mostovoi o Alenichev. Gran actuación de Vicente, y victoria por la mínima con gol in extremis de Valerón. El segundo partido, ante Grecia, también tuvo un comienzo prometedor con el gol de Morientes, pero los helenos tiraron de paciencia, otra de sus grandes virtudes: esperaron sin alterarse lo más mínimo su oportunidad, y Charisteas la clavó mediado el segundo tiempo. Como Portugal le ganó a Rusia, España tenía que jugársela en Lisboa ante el anfitrión; mal asunto, aunque sólo hiciera falta un punto. Los malos pronósticos se cumplieron, España realizó un partido indigno, y la diferencia a favor de los lusos fue mucho más acusada de lo que indicó al final el solitario tanto de Nuno Gomes. A punto estuvo Rusia de echarnos una mano, pero faltó un solo gol; la victoria por la mínima 2-1 ante los griegos daba el pase a estos, que en este encuentro ofrecieron su peor cara del torneo.
Aparte del ardor competitivo de los luego campeones, la sensación de la Euro 04 fue la República Checa. El seleccionado de Bruckner, que contaba en sus filas con un imperial Pavel Nedved ?balón de Oro en ese momento-, un buen Rosicky, los dos metros de Jan Koller arriba, Poborsky redivivo y la mejor versión posible de Milan Baros, conquistó el corazón de los neutrales por su fútbol alegre y ofensivo, y se mostró intratable en su grupo. Primero remontó (2-1) a la sorprendente Letonia, presencia inesperada y feliz en Portugal, que realizó un papel muy digno y sirvió de escaparate para el chispeante Verpakovskis; después subió el nivel de dificultad levantándole dos goles de diferencia a Holanda en una exhibición inolvidable (3-2) que quizá fue el mejor partido del torneo; y ya con la clasificación en el bolsillo, remataron su obra echando de la Eurocopa a Alemania (2-1) y de nuevo remontando, en esta ocasión el gol inicial de Ballack. A los teutones los condenó la ausencia de creatividad y su empate sin goles ante Letonia en la segunda jornada, pues se enfrentamiento ante los Holanda también había acabado en tablas. Pasaron pues los tulipanes sin pena ni gloria, tras vencer con suficiencia a unos letones que cobijaron esperanzas de clasificación hasta el último partido.
El grupo B resultó muy movido. La campeona de Europa, Francia, comenzó sufriendo ante la Inglaterra italianizada de Eriksson, que se adelantó con gol del emergente Frank Lampard; sin embargo, dos chispazos a balón parado de Zidane en el descuento (falta directa y penalty) voltearon el marcador. En la segunda jornada, los galos se encontraron con Croacia, que había empatado a nada frente a Suiza en la jornada inaugural, y no pudieron pasar de la igualada (2-2) en un partido muy abierto de escaso rigor táctico, pese a la presencia de Vieira y Dacourt en el eje bleu; mientras, Inglaterra destrozaba los helvéticos (3-0) con una sensacional actuación del joven Rooney, que hizo una gran Eurocopa. No hubo sorpresas en la jornada definitiva: Inglaterra remontó el gol inicial de Kovac para acabar imponiéndose con claridad a Croacia por 4-2 ?en una clase magistral, una más, de Paul Scholes-, y Francia derrotó con facilidad (3-1) a un combinado suizo que se mostró como uno de los equipos más débiles del torneo. Al menos, dejó para la posteridad el gol de Vonlanthen en este partido, el conseguido por un jugador de menor edad en la historia de la competición; curiosamente, el anterior lo había establecido Rooney unos días antes.
El grupo restante agrupaba a Italia, Suecia, Dinamarca y Bulgaria. La clasificación fue una lucha entre los tres primeros, pues la Bulgaria de Martin Petrov y un joven Berbatov se mostró como un equipo muy endeble, que perdió los tres partidos y en alguno de ellos dio una imagen lamentable y se llevó un saco (0-5 frente a Suecia, con actuación estelar de Larsson). Italia, según su costumbre, comenzó el torneo con juego y resultados muy discretos, no pudiendo lograr los de Trapattoni más que tristes empates ante las dos selecciones escandinavas; los transalpinos seguramente daban por descontada la victoria ante Bulgaria, y confiaban en que uno de los dos nórdicos cayera en la batalla fratricida de Oporto. Sin embargo, el caprichoso sistema de desempate dejó para la última jornada una posibilidad, el empate a dos, que clasificaba a los dos vecinos. Parece imposible que pudiera pactarse ese resultado, considerando que fue un partido de ida y vuelta donde el último gol, obra del sueco Jonsson, se consiguió de forma agónica en el minuto 89, pero lo cierto es que fue el resultado que finalmente campeó en el marcador. La alegría enloquecida de Cassano, celebrando el gol de la victoria ante Bulgaria, y su paso de la sonrisa a las lágrimas tras enterarse del desenlace del otro partido, constituye una muestra bien gráfica de lo duro que puede ser el deporte de alto nivel.
Los cuartos empezaron muy fuerte, con el ardiente enfrentamiento entre lusos e ingleses. Michael Owen, inédito hasta ese momento, entró en el partido como una centella, y a los veinte minutos ya había marcado un gol y colocado una vaselina en el larguero. Los británicos habían empezado muy bien, pero sufrieron un duro golpe con la lesión de Rooney que seguramente les afectó la moral. En la segunda parte, Eriksson mandó cerrar filas, mientras que Portugal se iba arriba; lo hacía de modo racional, abriendo el juego bandas y con un fútbol intenso y ordenado. El premio llegó a falta de cinco minutos, en un cabezazo de Helder Postiga que mandaba el partido a la prórroga. Como tantas veces ha ocurrido en los grandes campeonatos, el añadido fue un carrusel de emociones que llevaba a pensar a qué cabeza se le ocurriría la peregrina idea del gol de oro. Portugal continuó su ofensiva en la primera parte, pero no fue hasta el comienzo de la segunda cuando se adelantó por primera vez en el partido, con golazo de Rui Costa que hacía justicia a su larga carrera. Fue el momento en que los ingleses se olvidaron de tácticas, del libreto de Eriksson y del sursum corda, y se lanzaron a tumba abierta sobre el área lusa con el más ancestral de sus estilos; la recompensa, el tanto de Lampard, pura agonía, a cinco minutos del final, igual que su rival en el tiempo reglamentario. Fue el momento de Ricardo, que con todos los focos fijos en él, reclamó su cuota de gloria. Primero deteniendo el penalty número trece de la tanda a Vassell sin guantes, en imagen inolvidable para la Historia de la Eurocopa, y después ejecutando él mismo a David James. Fue el último gran partido de la competición.
Al lado del brillo del Inglaterra-Portugal, todos los cuartos restantes palidecen en la memoria del aficionado. Grecia prosiguió su trabajo de zapa, sumergió a Francia en un mar de mediocridad, y la ejecutó con una jugada de manual, con centro de Zagorakis y remate de Charisteas; justísima victoria. En el estadio do Dragao, los checos sacaron el martillo a pasear, y sometieron a Dinamarca (3-0) en una gran noche de Milan Baros, que hizo doblete; se habló de que la larga lesión que había padecido durante el año había posibilitado que ariete del Portsmouth llegara a la Euro en mucha mejor forma física que el resto de jugadores, pero cierto o no, fue seguramente el hombre del torneo. Finalmente, Holanda y Suecia se enfrentaron en el Loulé de Faro en un partido con muchas más alternativas de las que indicó el empate sin goles final, y en el que extrañamente, la oranje salió feliz de la rueda de los penaltis. Como suele ocurrir falló el crack, en este caso Ibrahimovic, y el error postrero del central Olof Mellberg mandó al infierno a los escandinavos.
La primera semifinal enfrentó a los holandeses y a los anfitriones, en un duelo que se repetiría posteriormente en el Mundial. Como podía anticiparse, salió un partido igualado, que desequilibró mediada la primera parte un gol de cabeza de un Cristiano Ronaldo que ya empezaba a mostrar su excelente juego aéreo. Se lanzó Holanda al ataque con mayor convicción, pero el buen sistema defensivo de Scolari llevó el encuentro al buen puerto del descanso. El choque quedó decidido tras un golazo descomunal de Maniche, muy suyo, a la hora de partido, a pesar de que la ofensiva final oranje, con tres delanteros en el campo ?Van Hooijdonk, Makaay y Van the Man- dejó el gol del honor y una sensación de equipo poderoso que infundió miedo y respeto en las gradas del José Alvalade. Pero el finalista era Portugal.
República Checa y Grecia reeditaban, a su vez, el clásico duelo entre el fino estilista y el duro fajador, en un combate de estilos donde cada representante había llevado el suyo a las cercanías de la perfección. Ambos hicieron valer sus poderes: los checos crearon una cantidad muy respetable de ocasiones de gol ?especialmente en disparos desde fuera del área que demostraban que Bruckner había entendido el partido-, mientras que el equipo heleno logró transmitir el ritmo cansino y lento que se acomodaba a sus intereses, y que se fue incrementando según los checos perdían frescura al ver que el gol no llegaba. La fortuna se alió dos veces con el equipo mediterráneo, primero en forma de lesión de Pavel Nedved mediado el primer tiempo, y segundo en el hecho de que su gol, conseguido por Charisteas en la prórroga en remate prototípico tras córner, dejó a los checos sin capacidad de respuesta: en efecto, regía la extraña norma del gol de plata, y el tanto había sido conseguido en el descuento de la primera parte de la prórroga. De todos modos, en el añadido el equipo rojo ya había caído en la desesperación de todos los que habían probado el muro griego, y la impresión era de que el partido iba a caer de este lado de un modo u otro. Una pena generalizada acompañó la eliminación de la República Checa, el equipo que más había hecho disfrutar en este campeonato.
Así se llegó a la final en el remozado y precioso estadio da Luz, en Lisboa, en repetición inesperada del choque inaugural. Con su empaque habitual, el conjunto de Rehhagel desactivó la pretendida carga inicial de los portugueses, que no entraron en el partido hasta bien avanzada la primera mitad. En ese periodo los lusos cazaron algunas oportunidades, como un disparo de Maniche que se fue fuera por muy poco, o un buen tiro de Pauleta que detuvo Nikopolidis; George Clooney fue un valladar durante todo el torneo. Sin embargo, el partido volvía a jugarse el partido en los parámetros que interesaban a los griegos, en la solución más incómoda posible para unos portugueses que, ante su público y en la gran ocasión de su historia, no podían permitirse la especulación. Con el resultado inicial se llegó al descanso, y antes de llegar a la hora de partido, a la jugada crucial que valió una Copa: el córner que saca Seitaridis ?un lateral derecho que nunca ha vuelto a jugar al nivel que mostró esa temporada-, la desatención generalizada en la zaga lusa, la elevación de Charisteas y el cabezazo canónico, inapelable. Faltaba media hora, pero a pesar del goteo de ocasiones que consiguieron rascar los portugueses, se palpaba una sensación de fatalidad entre su hinchada, como de preparación ante la decepción mayúscula que se estaba gestando. Era normal y lógico tal sentimiento, pues mientras su selección se estaba enfrentando, hecha un manojo de nervios, a su peor pesadilla en un escenario de derrota que no habían ni imaginado, los griegos llevaban ya más de cuatrocientos minutos jugando el mismo partido, y por tanto no es extraño que supieran a la perfección cómo hacerlo. El desenlace fue el esperado, y la historia hasta hoy de las Eurocopas se cierra con una foto que antes del torneo no hubiera soñado ni el más modesto de los griegos: el capitán Zagorakis levantando el ánfora con el éxtasis dibujado en el rostro.
A partir de mañana, más.
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