Por noreply@blogger.com (Buseta de el 08-Dec-2008 | Por Miguel Antonio Chávez
1. De obras voluminosas y por qué Bolaño nunca arrancó una página
La pasé bien moderando en la mesa de los jóvenes narradores de la Fiesta de la Cultura, El Libro 2008 en Guayaquil: Martha Chávez, Ángela Arboleda y José Núñez del Arco supieron responder las únicas inquietudes que al fin al cabo cuentan, las del público, en gran parte universitario, que demandaba información sobre cómo acceder a los espacios de aprendizaje de la carpintería literaria en Guayaquil, y cómo había sido su experiencia. Martha transitó primero por la carrera de Medicina (algo que, si vemos, tampoco es tan inusual, tan solo si nombramos el caso del portugués Antonio Lobo Antunes); Ángela, por la comunicación, la publicidad y ahora, desarrollando a la par su alter ego como reconocida narradora oral. El caso de José, nieto del novelista ecuatoriano José de la Cuadra, debió desarrollarse desapegándose de este fantasma familiar.
Luego, fue un gran placer para mí haber presentado a poetas latinoamericanos como Rodolfo Hinostroza, William Osuna y Juan Manuel Roca, este último, se retrasó por problemas de su vuelo. Aun así, él se insertó en la mesa y su lectura poética fluyó como lo hicieron sus compañeros de mesa, cada uno son especial sensibilidad. No olvidaré a Hinostroza leyendo con su voz de Tom Waits o la cadencia de Roca. Dos días después tocaba otra mesa de poetas, en la que no pude estar presente, pero tuve el gran gusto de conversar con Jorge Boccanera, quien me preguntaba por la edad de Cristóbal Garcés, personaje muy conocido en el ámbito literario guayaquileño, director de la revista de la Casa de la Cultura del Guayas, crítico, profesor de literatura e incansable viajero. Yo le dije que quizá setenta. Boccanera se sobresaltó, ¿estás loco? Debe tener más noventa, cuando vine acá a Guayaquil (como exiliado de la dictadura argentina) tenía veintisiete, ¡y él ya era viejo!
Sin embargo la pasé aún mejor en la mesa que moderé donde intervenían el venezolano Carlos Noguera, el argentino Gonzalo Garcés y el ecuatoriano nacido en Esmeraldas, invitado por los organizadores desde Quito, Edgar Allan García. En el MAAC Cine, en medio del escenario, y luego de las presentaciones formales de autor, cada uno, sin necesidad de preguntas previas fluyó exponiendo su propia poética de autor. Noguera, presidente de la prestigiosa editorial Monteávila, usando gorra y chaqueta bordada con el logo del gobierno de la República Boliviana de Venezuela, fue sagaz, con gran precisión, lo tenía todo en su carpeta, escrita de manera muy metódica, producto de sus años como tallerista literario y de su formación como psiquiatra. Contó que, inspirado en el espíritu de Tostoi, discurrió una historia cercana a las 600 páginas que fue su novela ?Los cristales de la noche?, y de cómo a partir de una experiencia que tuvo con una persona cercana a él, elaboró pacientemente el proceso de demencia de su personaje principal, y que el hacerlo de manera verosímil le resultó difícil. García se centró en la escritura de su obra venidera, un retrato biográfico del ex presidente liberal Eloy Alfaro Delgado, caudillo de la revolución liberal de finales del s.XIX y principios del XX; y de su interés por diversificar sus temas y que, a pesar de que no le molesta, no ser encasillado por completo en el género de literatura infantil, en el que ha incursionado muchas veces, y del que admitió que es rentable. Garcés puso una dosis de humor muy diáfano, muy intelectual a lo Woody Allen, en donde dijo que los primeros borradores de su primera novela ?Diciembre? se los iba mostrando a la que luego se convirtió en su esposa, como un afán de conquista. Habló sobre su experiencia como instructor de talleres literarios en Santiago, donde reside, y de su paso por París, donde también vivió. Le pregunté acerca de su cercanía con Roberto Bolaño, con quien aparece en el célebre libro de ponencias ?Palabra de América? de Seix Barral, donde también estuvieron Jorge Volpi, Rodrigo Fresán, Jorge Franco, Fernando Iwasaki, Edmundo Paz Soldán, Cristina Rivera Garza, etc. Llegados al punto de responder acerca de si rayaban o no sus libros cuando los leían, Noguera confesó ser un defensor a ultranza de las anotaciones y habló de las cosas que anotaba en sus obras de cabecera, novelas tan voluminosas como la suya. Garcés, con enorme desenfado, enfatizó que hay dos circunstancias en las que un hombre puede tener absoluto control, cuando ordena sus libros en la biblioteca y cuando se masturba. Y se mostró reacio a rayar los libros. Ahí habló de Bolaño: un día que fue invitado a un patético talk show español en donde hacían las cosas más estrambóticas, le pidieron que a medida que lea algunas páginas de su obra Los detectives salvajes, las vaya arrancando por ahí mismo, a lo que él espetó al animador: ¡por qué mejor no te arrancas los pelos del culo! Yo no daño un libro, peor uno mío.
Las preguntas fueron heterógeneas y los tres tuvieron la misma chispa para responderlas. Ahí me di cuenta que la afinidad entre los integrantes de la mesa es muy importante, aunque pocas veces advertimos en ello. Por fortuna sus signos zodiacales o lo que fuere conspiraron de buena manera. No faltó un momento freak en la noche: luego de que Garcés leyera en su portátil Mac su cuento La casa Bender, portador de un suspenso con gran eficacia, se levantó en medio de las penumbrosas butacas un personaje muy asiduo en todo tipo de mesas y coloquios en Guayaquil, Tito Cerda Llona, quien al parecer le chocó ver que alguien leyera sus textos en una computadora (?) y que ninguno de ellos en sus ars poetica encarnaba su ?sensibilidad poética?, como él entendía a la poesía y súbitamente empezó a recitar versos floridos, a ratos a lo Darío a ratos a lo Rilke, dirigiendo sus brazos al vaivén de sus olas, que duraron cerca de 12 minutos, a lo que Garcés tomó el micrófono y le preguntó: disculpe señor, no entendí la pregunta, ¿nos la puede repetir? Cuando volteé a verlo, el tipo mágicamente había desaparecido. En primera fila Fabrizio Mejía Madrid, al igual que todo el público presente, aplaudió el epílogo de esta mesa que duró, entre gallos y primavera, la inusual duración de dos horas y media? Y el público con ganas de bis.
2. ¿Existe ?la gran novela de Guayaquil??
Luego de contarle esto a Patricio Burbano, él me habló de una mesa en Quito, en el marco del mismo encuentro. La mesa integrada por Alonso Cueto, Paulo Lins y Fabrizio Mejía Madrid aparentemente llegó a la conclusión de que aún no se había escrito la ?gran novela de Guayaquil?. Bueno, algo nada nuevo, ya que cuando Alberto Fuguet vino por primera vez, años atrás, a esta ciudad también lo dijo. Sin embargo, sigo sin entender qué es la ?gran novela de Guayaquil?. Al menos creo reconocer ciertas novelas clave sobre Guayaquil: desde la mítica y prácticamente desconocida Guayaquil, ciudad fantástica de Manuel Gallegos Naranjo (1901), Las cruces sobre el agua de Joaquín Gallegos Lara (1946) enclavada en el realismo social, hasta más contemporáneas como Tribu Sí (1981) de Carlos Béjar Portilla, la barriada ficticia de Matavilela en El rincón de los justos (1983) de Velasco Mckenzie, la saga de novela negra criolla de El Cholo Cepeda (El cholo Cepeda, investigador privado -2002 y Si es que te queda cariño -2004) de Fernando Itúrburu, y las alusiones metaliterarias en un Guayaquil sumergido en El libro flotante de Caytran Dolphin (2006) de Leonardo Valencia. Sin embargo no es suficiente porque existe un componente más denso, un deber ser que nadie tiene claro. ¿Existe entonces la ?gran novela de Quito?? Y si está presente en la obra de Javier Vásconez, ¿será en realidad Quito? ¿Interesa que sea Quito? ¿Le interesó a Pablo Palacio reportar sobre el entorno de las calles Escobedo y García de Quito en su cuento Un hombre muerto a puntapiés? Ya Leonardo Valencia habló mucho al respecto de este tema en El síndrome de Falcón, yo creo que, más allá de eso, se está confundiendo la proyección literaria poco difundida de un país con sus casi nulos referentes exportados fruto de su casi nula industria cultural, como lo viene haciendo México o Argentina desde los años treinta, por ejemplo con su cine y música (en mis clases de sociología me mencionaban el caso de que los filmes mexicanos en blanco y negro fueron medios de socialización para que la gente del campo supiera cómo era el estilo de vida de los chilangos). Creo que esa ausencia es lo que los extranjeros intentan, de buenas intenciones, reconstruir en sus mentes a través de la búsqueda de obras literarias que intenten mostrar siquiera algo, aunque tenga grandes posibilidades de caer en lo superficial. Y si hablamos de literatura como un todo, sería bueno que los interesados en las letras escritas en Ecuador, tanto de fuera como de dentro, sepan que la poesía y la crónica ha dado amplias muestras de registrar, no postales, sino sentires o subjetividades de ciertos espacios vividos de Guayaquil a lo largo de su historia. Si no, deber para casa: desde las crónicas de un José Antonio Campos (alias ?Jack the Ripper?), del gran Medardo Ángel Silva, Justino Cornejo, hasta más contemporáneas como las del poeta Jorge Martillo Monserrate. Y en poesía, por solo nombrar unos cuantos casos, Fernando Cazón Vera y el grupo Sicoseo, Fernando Nieto Cadena, Fernando Artieda (hasta el que nada sabe de literatura reconoce ese poema de épica criolla que le dedicó a Julio Jaramillo en su muerte), Fernando Itúrburu, etc? Aún así, la pregunta queda corta, sin responderse, como la basta de una pierna sin medida. Un desafío para la crítica sería rastrear a los narradores contemporáneos en qué medida abordan la temática de la(s) ciudad(es) o si es solo una excusa topográfica para contar sus historias. De ser así Atacames Tonic del quiteño Esteban Michelena sería la ?gran novela de la provincia de Esmeraldas?.
A veces pienso que cuando piden ?la gran novela de Guayaquil?, están esperando la Trilogía austeriana. Pedir ?la gran novela de Guayaquil? es tan inútil como pedir también la de Latacunga, Portoviejo, el recinto Tres Postes o del pueblo fronterizo de Angostura. Pedir ?la gran novela de Guayaquil? es pedir que exista la Atlántida.
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