Por Ramón Flores el 10-Dec-2011 |
Foto 0 en Real Madrid-Barcelona: inversión (o no) del statu quo: pega esta imagen en tú pagina, Foro, Myspace o Ebay con este código...
Llega el primer Real Madrid-Barcelona del año (La Sexta, 22:00) en medio de una calma chicha que pocos hubieran podido suponer después de las tempestades vividas en tiempos recientes: basta recordar que la últimas imágenes de un choque ?nunca mejor dicho- entre ambos equipos remiten a una banda de macarras citándose con otra y a un dedo en un ojo. Sin embargo, es difícil recordar un Clásico reciente en la que la tensión previa sea tan baja. Guardiola aportó en la rueda de prensa su habitual dosis de prudencia y cortesía, mientras que Mourinho directamente decidió no acudir a ella, infestando el aire de lamentos y exabruptos postizos de la jauría diletante que vive de sacarle punta hasta a su último parpadeo. Un ruido menor y artificial que, por primera vez en bastante tiempo, ha dejado espacio para hablar de fútbol.
Sin embargo, por debajo de la pátina de bonanza se esconde un evento que puede ser trascendental en el devenir del fútbol español. Cuando Mourinho llega a la Liga hace quince meses, es consciente de que su labor va más allá del puro trabajo de entrenar y ganar partidos o títulos. Toma el mando de un club sumido en una alarmante indefinición ideológica, inseguro y acomplejado ante un estupendo rival que ha asumido una triple supremacía: gana más que nadie, juega mejor que nadie, y además cae mejor que nadie. Mientras que los dos primeros fenómenos proceden de la intachable labor de Pep como entrenador y de la excelencia de muchos de sus futbolistas, el tercero proviene de un conglomerado donde se mezclan la excelencia deportiva, el impecable discurso del noi de Santpedor, el papel de los bajitos, los éxitos de la selección, la camiseta de Unicef o la apelación a la cantera como fuente de poder. Convenientemente agitado y exacerbado en ocasiones hasta límites ridículos, este relato se difunde durante años desde un doble altavoz: los medios afines al barcelonismo, por un lado, y un grupo de líderes de opinión tan próximos a Guardiola en lo personal como a Cruyff y Menotti en sus planteamientos futbolísticos. El Barça no sólo es el mejor equipo del mundo, sino que además es éticamente intachable. Y ese discurso cuaja, en parte porque se soporta en un éxito atronador.
Mourinho comprende pronto que si desea arrojar al Barça de su pedestal tiene que batirse en las trincheras para combatir su supremacía en los tres terrenos, unos terrenos cuyas fronteras no están siempre bien delimitadas. Sus recursos son inferiores en los tres aspectos a los de su rival: sus futbolistas no son tan buenos, las cualidades de estos no se relacionan especialmente con el fútbol de toque, y desde el principio genera recelos tanto en el periodismo de Barcelona, que lo identifica con un ogro, como entre los líderes de opinión antes mencionados, que por un lado lo describen como un entrenador defensivo y calculador, y por otro como un personaje siniestro, proclive al insulto y a la gresca, y muy lejos de los paradigmas de la intelectualidad. Además, parte de su propio entorno lo torpedea desde dentro, y deberá gestionar a una masa social siempre exigente, descolocada por los bandazos del banquillo y el páramo tanto ideológico como deportivo en el que hace tiempo que se encuentra su equipo. En principio, el objetivo de Mou parece poco menos que imposible.
Cada semana, y de la mano de bwin.com, os ofreceremos los partidos más interesantes del fútbol mundial, con especial atención a todos aquellos que os manejáis en el mundo de las apuestas on-line.
Sin embargo, el portugués también dispone de armas poderosas, que muy pronto aprenderá a manejar, y que serán fundamentales en su trayecto. Por un lado, dispone de un puñado de sensacionales futbolistas, que si bien no llevan el tiki-taka por bandera, cobijan el germen potencial de un gran equipo. Después, cuenta con un apoyo presidencial del que no gozó ninguno de sus predecesores, en parte por tratarse de una especie de último recurso y en parte por el poderoso crédito ganado en su exitosa carrera; la fe de Florentino le servirá para eliminar enemigos dentro del propio club, y alcanzar cuotas inéditas de poder real en él. Y finalmente, la eliminatoria de Champions de su Inter frente al Barcelona le ha brindado simpatías suficientes entre la parroquia blanca para ser recibido en Concha Espina con los brazos abiertos.
Con estos pertrechos y las limitaciones arriba mencionadas, Mourinho inicia su cruzada para cambiar el statu quo, utilizando una estrategia mixta, interna y externa. La interna pasa por convertirse en mánager general al estilo inglés, fichar buenos jugadores preferentemente jóvenes y convertir a su equipo en un mecano versàtil, que maneje tanto los registros del dominio como los del contragolpe, arrollador ante los inferiores y competitivo ante los grandes. Nada que no hubiera realizado en sus anteriores equipos. El camino es duro, en el campo del Barça le cae un 5-0, y durante todo el año debe soportar críticas feroces y duras comparaciones, tanto sinceras como interesadas. Sin embargo, a día de hoy pocos observadores niegan la excelsa calidad del juego que ha desarrollado el Madrid esta temporada, y que como equipo de fútbol resulta una maquinaria temible. La supremacía en el juego ya no está tan clara.
Si la estrategia interna de Mourinho se focaliza en maximizar los recursos del Madrid, la externa se propone tirar abajo todo el relato construido estos años en torno al Barcelona, y que no tiene relación con su gran excelencia, la futbolística. Seguramente el hombre es consciente desde el principio de las toneladas de fango que se le vienen encima, a él y de rebote al club, pero las asume porque considera que la prioridad en ese momento no es preservar la imagen del Madrid, que en ese momento tiene poca relevancia, sino destruir la de un Barça alrededor del cual se ha impuesto una especie de pensamiento único. Con el apoyo del presidente a un lado y de la mayoría del madridismo al otro, desencadena una tormenta de ataques que tratan de incidir siempre en los supuestos puntos débiles del guardiolismo: el Barcelona es el equipo querido por las instituciones, la actitud de Pep no es real sino una pose, el Barça está protegido por el periodismo, tiene jugadores tan sucios como cualquiera, etc. Mourinho va cayendo cada vez más bajo, pero eso le importa poco, él desea otra cosa. Son muchas insinuaciones realizadas por una persona inteligente, y los efectos se acaban notando: toda Europa es testigo de un Guardiola fuera de sí en la sala de prensa, incompatible con su imagen habitual, o de los jugadores del Barça tirándose y fingiendo, en una imagen que es incluso portada en Estados Unidos. Mourinho ha resquebrajado, a costa de sí mismo, la aureola de perfección del Barcelona.
Cuando el luso juzga que la labor de zapa es suficiente, decide volver a cuarteles de invierno, que es la tàctica de esta temporada. Con el madridismo firme tras él y la batalla ideológica consumada, bajan los decibelios para rehabilitar la imagen del club y la suya propia, y llega el momento de batallar en el campo en busca de la tercera supremacía, la de los títulos. Una derrota, especialmente si es dolorosa, constituiría una grave regresión para el Madrid, pero una victoria le pondría un título mayor al alcance de la mano, dejaría muchas jornadas a los blancos por delante ?imagen, siempre imagen- y sobre todo, supondría a Mourinho una confirmación mayúscula de que su estrategia ha sido correcta. Por más discutible éticamente que haya sido, o más que discutible. La inversión del statu quo.
Un partido tan igualado tiene por fuerza que generar apuestas muy interesantes. En bwin.com se paga mejor la victoria del Barcelona (2.70) que la del Madrid (2.50), un hecho que ha generado cierta polvareda; sin embargo, quizá lo más provechoso sea pensar en un empate, que se paga a 3.50 y fue el resultado más común de los últimos clásicos. Cinco o más goles rentan 5.25, y no es nada descabellado que el partido salga abierto. Se dan 4 euros porque marque Fàbregas, un ciclón delante de la portería, y 3.75 por Di María, en tremenda forma. Que abra el marcador Messi, algo más o menos habitual, se paga a 4.50, lo mismo que si lo hace Cristiano.Y un triplete de cualquiera de los dos, 15 euros. Para pensárselo.
Leído 2 veces

|