Por Ramón Flores el 27-Jul-2007 | El Real Madrid que comenzaba el curso 2006-07 tenía todo el aspecto de un convaleciente que se hubiera llevado tres meses en estado de shock. Desde que la primavera anterior el Arsenal echase al Madrid de Europa y provocase la espantá de Florentino Pérez, el estado de provisionalidad que regía el club había llegado a niveles tremebundos, y el deterioro institucional no parecía ofrecer precedentes. Tras unas elecciones que un año después siguen bajo sospecha y un candidato que se autoproclamó vencedor, Ramón Calderón, el club encaraba una temporada muy difícil, con la rémora de tres años sin títulos y un Barcelona hegemónico enfrente.
Calderón había anunciado tres refuerzos de gran entidad para afrontar el nuevo curso, Kaká, Cesc y Robben, pero a la hora de la verdad quienes llegaron fueron Cannavaro y Emerson, procedentes de la descendida Juve, Ruud Van Nistelrooy, el gran goleador del Manchester a quien Ferguson había abierto la puerta tras un ejercicio muy discreto, y Mahamadou Diarra, medio destructor del Olympique de Lyon. Todos estos fichajes llegaron con el beneplácito de Fabio Capello, la única promesa electoral cumplida del presidente, y en cuyas manos recaía la responsabilidad de sacar al Madrid del agujero histórico en el que se hallaba metido. Aunque el juego de Capello no convenciera en ocasiones, seguramente fue su bien ganada reputación de ganador y los recuerdos de hace diez años los que llevaron a Calderón a la poltrona.
Con estos mimbres se encaró una temporada que puede dividirse en tres partes bien diferenciadas. En la primera de ellas trató de implantar Fabio la idea con la que venía de Italia: un doble pivote de contención, con Emerson y Diarra, dos medias puntas con libertad de movimientos por delante, Raúl cayendo a bandas y Van Nistelrooy como ariete. Capello probó con gente como Cassano, Reyes o Beckham por delante, pero pronto se dio cuenta de que para que se generase algo de fútbol uno de los dos puestos ?libres? debería ser para Guti. En el otro fue entrando Robinho, a quien Capello miraba con desconfianza por su juego algo anárquico, cada vez con más asiduidad.
A pesar de que el juego del Madrid era muy discreto ?con algunos partidos directamente catastróficos, como los de Lyon o Getafe- y de la presión mediática de una Prensa que en gran parte crucificó a Capello desde el primer día como presunto adalid del juego defensivo, los resultados del equipo blanco no eran malos, especialmente fuera de casa. El entrenador había pedido cincuenta días de margen, pero lo que realmente le concedió capacidad de maniobra fue la victoria ante el Barça en la séptima jornada (2-0); otro buen triunfo en Valencia, en un partido extremadamente táctico, marcó la fiabilidad del equipo contra los grandes, que contrastó durante todo el año con la dificultad extrema del Madrid para imponerse a equipos de nivel medio. A pesar de la extraña tendencia de los blancos a dejarse en casa una parte muy importante de lo que ganaba fuera, el conjunto capitalino se veía en Diciembre con la clasificación para la segunda fase de la Champions en el bolsillo y a dos puntos escasos del líder Sevilla (jornada 15).
Sin embargo, con el cambio de año llegó una época de tormentas que estuvieron a punto de llevarse por delante no sólo la temporada, sino toda la estructura del club. El desencadenante inicial fue la visita al Bernabéu del Recreativo, equipo revelación de la temporada, que despedazó al Madrid delante de su afición (0-3) en el último partido del año. A partir de ese momento, el club entró en una espiral de locura, donde cada despropósito era peor que el anterior. Se sucedieron casi sin descanso la absurda venta ?por llamarlo algo, seis millones de euros por uno de los más grandes goleadores de todos los tiempos- de Ronaldo al Milán, el destierro y readmisión de Beckham, las filtraciones de borracheras en el vestuario, el bulo de la dimisión de Capello, la rajada de Calderón contra sus propios jugadores, el precontrato de Schuster, las derrotas ante Deportivo, Villarreal y Levante dejando una horrible imagen, la negativa de Emerson a jugar en el Bernabéu, las insubordinaciones de Cassano, la eliminación copera ante un Betis cuajado de suplentes? Tan surrealista carrusel culminó de la manera más dolorosa posible para el Madrid, con la eliminación europea ante el Bayern más mediocre que uno recuerda, y haciendo delante de todo el continente el ridículo espantoso de recibir un gol a los quince segundos, y habiendo sacado tú de centro.
Parecía imposible caer más bajo. Capello daba toda la imagen de un entrenador desorientado, y tan pronto le daba la manija del equipo a Gago e Higuaín, recién llegados de Argentina y faltos de la más mínima adaptación al fútbol europeo, que mandaba a Raúl a la banda o sacaba a Emerson en Munich para quitarlo, ante el desastre, a la media hora de partido. Quiza fuera la demencial presión que sufría, que había acabado desconfiando de su propio sistema o, sencillamente, porque lo vio todo perdido y decidió morir matando, la cuestión es que el italiano decidió jugarse el todo por el todo en el Camp Nou con una alineación insospechada, que pocos hubieran esperado de él, y que incluía a dos creadores, Guti y Gago en el once inicial, amén de tres delanteros como Raúl, Higuaín y Van Nistelrooy. Una apuesta por el ataque casi demencial en el campo más difícil de España y en el que una derrota significaba ocho puntos de diferencia y el adiós a la Liga.
Fuera por las tácticas del italiano, por una conjura de los jugadores, por el mal momento del Barcelona o por la expulsión de Oleguer, el Madrid consiguió no sólo salir vivo del feudo del eterno rival, sino ponerlo contra las cuerdas, hasta el punto de que sólo una actuación sobrehumana Messi consiguiera salvar un punto para el Barça. El partido de Barcelona sirvió a los blancos como espoleta para creer en su propia competitividad y también en su capacidad para desarrollar un juego estético, sistemáticamente negada (muchas veces, con fundamento) desde los más diversos estamentos.
Ahí comenzó la tercera parte de la temporada. Al encuentro de Barcelona siguió una sucesión de partidos grises que fue sacando adelante el Madrid con más pena que gloria, pero que le sirvieron para no descolgarse en espera del tramo decisivo de la Liga. Las victorias limpiaban el ambiente, a la vez que permitían a Capello volver, sin estridencias, al esquema de su confianza, abandonado en la crisis. Retornaban Diarra y Emerson al doble pivote, pues, con Robinho por la izquierda y Beckham por la derecha, pero pronto se vería que algunas cosas habían cambiado desde principio de temporada, y Capello había encontrado variantes dependiendo del tipo de partido. Ahora tenía a Higuaín, un agitador de defensas cerradas; Guti había aceptado el papel de revulsivo, y salir en los segundos tiempos, donde sufría menos presión del rival y podía lanzar sus pases milimétricos con asiduidad; Beckham y Van Nistelrooy cada vez se parecían más a los del Manchester; el equipo arrasaba por físico en los segundos tiempos, y ahí estaba también Gago cuando había que serenar los partidos. Hasta Ramón Calderón colaboraba poniendo coto a la incontinencia verbal que tanto daño ha hecho (y hará) a la institución, y la única derrota de esta época, envuelta en polémica, sirvió más como revulsivo que como disuasión.
Tras victorias bien trabajadas ante Valencia y Athletic, comenzó lo que por Juanma Trueba definió con precisión como ?La fábrica de los milagros?. Aupado por la fe en sí mismo que no había tenido en toda la temporada, unas ganas de ganar demoledoras, un Bernabéu cada vez más entregado y, por qué no decirlo, ciertas dosis de suerte, el Madrid encadenó una serie de remontadas que pasarán a la historia de la Liga. Primero ante el Sevilla, con Guti como estrella; después frente al Español, con el famoso gol de Higuaín; en el Colombino, con un remate sobre la campana de Roberto Carlos, la noche de Zaragoza, con la superposición de los tantos de Tamudo y Van Nistelrooy, y finalmente contra el Mallorca, en lo que se preveía la fiesta de celebración y que se convirtió en una agonía que tuvo al Madrid una hora lejos del campeonato. Un partido resumen de todo el año, con el equipo blanco jugando fatal dos tercios del mismo, y una parte final plena de fe y espíritu de equipo. A falta de fútbol, ese el legado de Capello, el que entronca con el hilo conductor del club, y el que le ha dado el título. Ese hilo que, a pesar de lo vendido por muchos medios en un discurso interesado que sólo buscaba una marioneta en el banquillo del Madrid, pasa por Di Stéfano, Pirri, Juanito y Raúl, más que por estilistas tipo Kopa, Míchel o Guti.
Veremos si Schuster es capaz de cubrir la dificilísima exigencia de ganar y jugar de forma preciosista con una plantilla cuyo nivel técnico no es excesivo y que está aún muy lejos en ese sentido de la del Barcelona. Si el alemán sale airoso del desafío se habrá confirmado como entrenador al máximo nivel; si no, es posible que tanto él como Calderón tengan fecha de caducidad próxima. Pero esto ya es otra historia.
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