Por Dadan Narval el 01-Oct-2011 |
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Tendríamos quince, dieciséis, diecisiete años. De aquella época permanecen en mí sensaciones únicas que han quedado atrás y no volverán. El sonido seco de la gravilla en la rueda delantera de la bicicleta ? recuerdo que jugaba a buscar las piedras y hacerlas rebotar con el canto de la rueda-, la paz del caos de voces y chapoteos que te envuelve en la piscina cuando tomas el sol con los ojos cerrados ?el ruido de un cortacésped en la lejanía es música a mis oídos desde entonces-, la sensación de que tu cuerpo todo es un volcán a punto de explotar. También los extenuantes partidos de fútbol de más de dos horas, las pechadas en bicicleta tras ver el Tour en televisión, emulando a Marino o Perico, las conversaciones nocturnas que duraban hasta que el día despuntaba, y en las que comprobábamos felices que no sólo nosotros sentíamos aquella angustia adolescente que hacía del mundo entero un lugar hostil y desconocido.
También el primer amor, por supuesto, vivido con besos inéditos, con caricias que te hacían creer que morirías, con palabras infladas y promesas vagas recreadas a partir de películas y lecturas románticas, pues no hay a los quince años noción de lo que es ?toda la vida?.
Pero no todo quedó atrás. Por supuesto, hay cosas que permanecen en uno. El miedo al dar pasos que sabes que son comprometidos, por ejemplo, pero que aterran a veces menos que el sentirse apartado (en aquellos días empezábamos a fumar, a emborracharnos, quizá también a algo más), o la convicción de que la amistad es fidelidad a tu amigo pase lo que pase? convicción unida al triste descubrimiento de que, por desgracia, no todos piensan así. También la lección de que en la vida, a diferencia del cine y la literatura, toda vivencia es compleja y difícil, pues no somos personajes ni vivimos historias.
Yo veraneaba en Haro, un pueblo del norte de La Rioja. Allí tenía un grupo de amigos con el que coincidía verano tras verano y a los que no necesariamente veía el resto del año, aun cuando muchos vivíamos tan cerca que éramos casi vecinos. Sin embargo, estaba bien así: aquel grupo éramos los amigos de verano, del calor, de la piscina y el tiempo libre. La mayoría éramos vascos. Había riojanos, y que recuerde, un tipo de Las Canarias ?al que, obviamente, llamábamos ?el canario?-, pero el grueso del grupo éramos bizkainos y gipuzkoanos. Pasábamos el día entero juntos. Desde primera hora de la mañana, cuando quedábamos para hacer excursiones o vaguear en la piscina ?dependiendo de la pereza (léase resaca) del día-, hasta última hora de la madrugada, que apurábamos alguna borrachera juvenil confesando nuestro amor por alguna chica del grupo o el pueblo, si había suerte con sonrisa de felicidad etílica, pero plena, y si no con lágrimas hinchadas por el alcohol.
Qué tiempos. Todo se vivía con enorme intensidad. Y entre esas vivencias extremas había una determinaba por nuestros colores. El grupo estaba dividido sin posibilidad de acuerdo entre txuriurdins y athleticzales.
Era verano y no había Liga, pero eso no matizaba nuestros enfrentamientos. Cada primero de julio llegábamos a Haro con el tesoro o la miseria de las victorias y derrotas del año anterior. Si el Athletic había vencido en Atotxa ?o Anoeta, pues el cambio fue por entonces- llegabas al primer día de verano con tantas ganas de darte el primer baño como de recordar a tus amigos giputxis aquella derrota de meses antes. Pero, ay, si habíamos palmado (años después hubo un 5-0 que jamás olvidaremos) sabías que al menos la primera semana del verano a los bizkotxos nos tocaría sufrir.
Poco después, cuando quizá ya no éramos adolescentes (pero tampoco importaba, pues nos comportábamos igual), se creó un torneo veraniego que jugaban nuestros equipos junto al Real Madrid. Se llamaba Torneo Euskadi Asegarce, creo recordar. El caso es que a nosotros, que veraneábamos entremezclados riojiblancos y txuriurdins, nos vino de perlas, pues sirvió para tensar nuestras disputas futbolísticas con partidos en directo. Recuerdo ver algunos en bares que parecían gradas, pues la rivalidad se disparaba hasta límites inéditos, entre cánticos, risas y piques sanos.
Es curioso que algunos de los recuerdos más vívidos que mantengo de los derbis sean precisamente de esos amistosos. Qué importa el fútbol cuando no hay rivalidad que le dé color. Claro está, que quizá los recuerdo porque fueron buenos para nosotros: un 1-3 en Anoeta, por ejemplo, pero sobre todo un 6-1 en San Mamés el día en que debutaba un tal Joseba Etxeberria que días antes era suyo y desde entonces fue para siempre uno de los nuestros.
Después, los amigos de verano trascendimos la frontera de las estaciones y quedamos alguna vez en invierno. Claro está, para ver los derbis. Recuerdo en la única visita a Anoeta que he hecho, cómo uno a pesar de los colores de la camiseta propia se sentía como en casa. Era paradójico, pero la propia rivalidad hacía más acogedora la ciudad de San Sebastián. Yo, que viví un breve tiempo en Hondarribia, nunca me había sentido tan cómodo en un lugar como cuando visité Donostia con mi camiseta del Athletic. Mis amigos gipuzkoanos se afanaban por demostrar que su ciudad era mejor que la nuestra, que sus pintxos eran más ricos, que su kalimotxo más pasable. Entre bromas que un espectador ajeno podría entender equivocadamente tensas, desagradables, hacían de su casa la tuya. Después, en el campo, durante hora y media dejaban de ser tus amigos? pero eso estaba bien.
Y claro está, cuando haces una visita, debes recibir otra. Así que de nuevo nos veíamos en Bilbao. Llegaban en el bus de Pesa y se bajaban del mismo como de una nave que ha aterrizado en un planeta extraterrestre, con sus camisetas txuriurdins, mirando a un lado y otro con gesto despectivo. Y decían ?joder, qué feo es esto, ¿no??. Nos dábamos unos abrazos, nos recordábamos unos a otros lo mucho que habíamos envejecido y estropeado y después enfilábamos Pozas y allí reíamos juntos. A ratos, unos gritábamos ?Athletic, Athletic? y otros ?Erreala, Erreala?. Esos cánticos nos separaban simbólicamente, pero nos sabíamos unidos.
Sé que aquella manera de vivir los partidos no volverá. Pero la veo en otras personas, y me alegra.Hace tiempo que no voy a un derbi con amigos gipuzkoanos y aunque no será lo mismo, ya tengo ganas. Porque me siento orgulloso de este partido, de mostrar al mundo que ya sea aquí o allí, lo vivimos juntos, pues Athletic y Real, Real y Athletic, nos unen mucho más de lo que nos separan.
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