Por Ramón Flores el 22-May-2008 | 
Me encantan los penaltis. Cada vez que veo una tanda, sea en la final de la Copa de Europa o sea en un torneo de verano que cace en la tele en diferido a las dos de la mañana, no puedo evitarlo y me quedo enfrente del drama, subyugado por el interés insoslayable del momento. Es un instante supremo, una suerte inmisericorde que elige a los suyos con criterios quizá tan volubles ?pero sólo quizá- como los de la Diosa Fortuna. Y uno queda entre absorto, nervioso, maravillado e indignado mientras contempla lágrimas o felicidad y trata de diferenciar, a menudo inútilmente, qué parte del desenlace corresponde a la personalidad, grandeza o miseria de los protagonistas, y de cuál es responsable el puro azar. Con frecuencia, como anoche, los desenlaces son inolvidables.
A pesar de la emoción que generan, sin embargo, hay una inapelable razón que desacredita completamente a los lanzamientos de once metros como decisor del ganador de un campeonato o de una eliminatoria: sencillamente, que los penaltis no son fútbol. Hace falta una portería para disparar, cierto, también un punto de cal en el suelo, varios tipos que antes han estado jugando, unos ciertos uniformes y el pie pateando una pelota. Sin embargo, no pasa esto de ser una similitud superficial, una lejana melodía, un parecido fugaz. Las reglas que rigen las tandas?en parte, incontrolables, y enmarcadas en una mística particular- tienen muy poco que ver con el deporte que llamamos balompié, y la competición que se establece poseee mucha más relación espiritual con un juego individual ?y aquí se viene a la cabeza antes el ajedrez que cualquier otro-, con una corrida de toros o, incluso, con una pelea vis a vis, antes que con una manifestación lúdica colectiva. En lo que respecta, pues, a discernir si un equipo de fútbol es mejor o peor que otro, la justicia que reparte la rueda fatídica es comparable a la que administra el lanzamiento de una moneda y, por tanto, vuelve indeseable -por éticamente inconsistente- su utilización.
La solución, sin dudarlo, y muy especialmente en los grandes torneos, debería ser el partido de desempate. Si dos conjuntos han demostrado una enorme igualdad a lo largo de 120 minutos ?véase anoche- démosles otros 120 para que por fin se impongan los pequeños matices que hacen a uno mejor o peor que otro y que son, en definitiva, el motivo de que se jueguen la final. ¿Qué un equipo llega mucho más roto que el otro al desempate? Si es por físico, el componente muscular es importante en el fútbol ?una actividad deportiva, al fin y al cabo- y es uno de los factores que distingue el poder de una escuadra. Además, si uno de los dos contendientes llega físicamente reventado al segundo encuentro, puede ser que dio más en el primero y no le sirvió de nada, y por ello, globalmente, quizá es algo inferior. Y si hay lesionados, pues la suerte también interviene, como lo hace en cada minuto de la existencia.
Por otro lado, nadie obligaría a que el replay tuviera que ser al día siguiente, o incluso dos días siguientes; podría ser una semana después. Los inconvenientes logísticos son despreciables: si la ciudad inicial no desease la segunda organización ?caso harto extraño- habría bofetadas por hacerse con un evento de estas características. Quizá muchos hinchas no podrían permitirse un segundo viaje, pero muchos los reemplazarían sin dudarlo. El espectáculo sería doble, las audiencias serían dobles, los beneficios económicos también. Y sobre todo, y lo que es más importante, sería lo más justo. ¿Qué esperan la FIFA y la UEFA pues? ¿No les basta lo de anoche?
P:D: Si tras esto aún se mantuviese el empate, pues sí, razones prácticas ?el cansancio de la repetición y la necesidad de un solo nombre- llevarían a las suertes espurias del sorteo o los penaltis; y entre éstas mejor la última, claro. Pero sólo como recurso extremo (no como ahora) y bien entendu que no elegirían al mejor, sino sólo al que se llevaría a casa un kilo de metal. La igualdad existe, aunque no queramos creerlo.
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