Por pocote el 23-Sep-2008 | Hace unos días el pequeño hijo de un amigo me pidió ayudarle con unas tareas que le habían dejado en el colegio. Algo relacionado con los derechos de los niños, la migración interna y externa, sus causas y consecuencias. ?La educación es una verdad?, me dijo.
Se refería a derechos. También me habló sobre contestar en pocas palabras y explicar con claridad. Esto me llevó a meditar sobre lo que hacía unos pocos minutos había estado viendo en televisión: una entrevista y un spot del candidato presidencial de Arena, el fracasado ex policía Rodrigo Ávila. Este caballero no tiene noción de la coherencia, de la importancia de articular una frase con palabras claras y precisas.
Es triste, pero es la verdad. Con este caballero las palabras, el castellano lenguaje del que estamos tan orgullosos, han perdido su significado a fuerza de manosearlas malamente. Y todas ellas, en boca de un político de tal especie, son lo de dentro de una olla vacía: puro aire. Vaina sin corvo, como dicen los campesinos.
Es cierto que en un tiempo el refrán popular, más lépero que certero, sostenía que el poder personal se identificaba con el soplido. A alguien que hubiera perdido lo mismo potencia física que vigor mental se le acusaba tajantemente: ¡tú ya no soplas! Pero es la verdad que el soplar ?hinchar los carrillos, expulsar con fuerza el aire de los pulmones--, si con arte sirve para tocar el saxofón, la corneta y si no, sólo para inflar globos.
No obstante, ahora se usa con excesiva frecuencia para pronunciar discursos y creer que se transmiten ideas en ellos. El señor Ávila utiliza con frecuencia palabras no apropiadas para según él afirmar un concepto. No se preocupa del lenguaje porque sus asesores le han dicho que el fundador de Arena y de los Escuadrones de la Muerte, Roberto D´Aubuisson, tuvo éxito diciendo malas palabras y atropellando el castellano. ?Por eso era popular y se convirtió en líder?, comentaba un diputado arenero hace unas semanas.
Nosotros no pertenecemos a la Academia Salvadoreña de la Lengua ni al Ateneo Salvadoreño; pero defendemos la sintaxis, la ortografía y la buena dicción. Tiene la máxima importancia cuidar el lenguaje, sencillamente porque él es más que la fragua y el vehículo del pensamiento: es el pensamiento mismo. La idea, el razonamiento, no se producen como algo enteramente abstracto, informe, sino nacen hechos palabras. No en balde, los niños lúcidos, como el hijo de mi amigo, dicen que pensar es como ?hablar por dentro?.
Un experto en estos menesteres exigía procurar hablar a la perfección el idioma propio y patrióticamente mal los extranjeros. Sabía bien, y no se equivocaba en el punto mínimo en ello, que en la lengua va el espíritu. Y un correcto sentimiento de nacionalidad, un concepto veraz de patria, pueblo y persona pueden torcerse y aun perderse cuando los términos del dominio sobre la lengua propia y las extrañas se invierten contrariando la exigencia de tal experto.
Hablar tan mal, como lo hace el señor Ávila es, pues, pensar mal. Hablar con vacuidad es pensar con vacuidad. Señalar que este candidato y aspirante a la presidencia lanza las palabras como baratijas, como confeti, como pompas de jabón, como humo, con meros sonidos, es decir que no utiliza las palabras como ideas, que es frívolo, que lamentablemente no piensa. En síntesis, que busca tocar tímpanos y no cerebros. Más de alguno de ustedes estará pensando que lo importante es captar votos sin importar el fondo del asunto; pero mis amigos, un mandatario de la república viaja y se relaciona con intelectuales del mundo. No se trata sólo de ponerse una chaqueta de activista, como frecuentemente lo hace Saca, sino de hablar con propiedad, con claridad y ser la última voz que oriente y conduzca a su pueblo a puerto seguro.
Y cuando, por definición de nuestra vida pública ?o por fatalismo de los tiempos--, se tiene que convenir que son ellos, este tipo de políticos, como Saca, pues, quienes dirigen la nación, llevan las riendas del país, uno tiene que echarse a llorar sobre la acera, a moco tendido, a grito abierto.
El ex policía fracasado, usa el lenguaje cantinflesco, habla mucho, se repite en sus conceptos y no dice nada. Esto ya no es cómico ni hace reír a nadie. A muchos les gusta y les cae simpático la forma de expresarse de Wilfredo Salgado, alcalde de San Miguel. Otros se identificaban con las torpezas de Julio Rivera, aquel militar que fue presidente de la república. Otros recuerdan a Arturo Armando Molina, y sus famosas frases como aquella de ?campesinos del campo?; fueron otros tiempos, torrentes, chorros de palabras acompañadas de gestos traviesos, aspavientos deliberadamente antisolemnes, pero que en definitiva nada decían.
¿Qué hacer, entonces, cuando los que se dicen llamados a rescatar a las masas de su atraso, a sacar al país de su subdesarrollo, a llevar adelante los anhelos de independencia que soñaron los auténticos próceres, a darnos, en fin paz, progreso y libertad a los salvadoreños, tienen por cerebro un globo y por pensamiento un galimatías bastante barato?.
Hablar de honestidad cuando se tiene la rapiña por actividad cotidiana, de patriotismo cuando se tiene por dios al estómago, de amor al pueblo cuando se vive en palacetes y se tienen las arcas colmadísimas, de ejercicio político cuando se hace al bufón con agravantes de olímpica prosopopeya, despojar de su sentido real a las palabras, dejar huérfano el pensamiento, darle la espalda a las ideas volviendo sólo viento los conceptos, es actitud sobre denigrante, triste; sobre degeneradota, ridícula. Ese viento de la retórica enana y pútrida, acumulado por días y años intoxica, ahoga, asfixia. Y algo peor: ensucia.
Mas, otra vez, ¿qué puede hacerse? Pues pagar con la misma falsa moneda: devolver viento a los que con viento nos abruman, silbar a los oradorzuelos cantinflescos. Y volver a llamar pan al pan y vino al vino. Estafadores, pillos, sapos inflados, lerdos, demagogos, a quienes que de ser eso, con suma de tricolores, se envanecen.
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