Los gobiernos de Arena se han aprovechado de la ignorancia de los más pobres de este país para continuar mintiendo, conservar el poder y hacer sus negocios. Sus votantes más fieles son precisamente los analfabetas, los ricos y los de la clase media aturdidos con prebendas y el compromiso de ascenderlos en sus puestos.
La gente pensante quisiera otra cosa; pero el discurso arenero, con toda esta grave situación que padece el país, va dirigido a los más pobres de este país, ?hablando como hablan ellos?, dándoles vasos, lapiceros, gorras, camisetas, botecitos con medicina, delantales. Por eso ellos piensan que el fracasado policía, el ?tres veces mojado?, con su discurso incoherente, insulso, demagógico, seguirá el mismo destino del bachiller Saca. Con todo, las circunstancias y el tiempo no son los mismos.
Ahora, más que nunca, una situación desesperante caracteriza a El Salvador de estos días. A pocos días del último informe de una gestión presidencial fracasada, al menos los salvadoreños esperamos, mientras escuchamos los artificiales y demagógicos mensajes de su policía fracasado, discursos cada vez más rebasados por la realidad que viven los salvadoreños, una definición concreta de la política gubernamental.
¿Seguiremos rindiendo culto a la divinizada libertad de comercio? En ese lamentable caso, todo pesimismo parece razonable. Los salvadoreños no entienden de cifras macroeconómicas, de costos y ganancias, de modelo neoliberal y otras yerbas. Los compatriotas quieren medicinas y alimentos baratos, acceso a la educación y a la vivienda barata, necesitan empleos, seguridad y oportunidades para que sus hijos puedan desarrollarse y contribuir al progreso de la nación.
Los magnates de la gran empresa privada están siempre dispuestos a cooperar con promesas que a nada los comprometen que a tolerar la menor limitación a su situación privilegiada. Muchos años del sueño de la prosperidad,-- sostenido con la tesis ?hamiltoniana? de crear la riqueza, aunque se concentre en pocas manos, que ya después rebasará fatalmente esa limitación para beneficiar a todos los salvadoreños?permitieron a la burguesía vigorizarse con subsidios y estímulos directos e indirectos, multiplicados con su protectora alianza con las grandes empresas transnacionales; cimentar y ampliar su poderío hasta el grado de la impertinente altivez que hoy muestra, mandando al gobierno e incluso amenazándolo cada vez que el poder pública anuncia una tibia medida de sano nacionalismo o algún esfuerzo por hacer menos injusta la distribución del producto nacional.
Esa voraz Iniciativa Privada se ha opuesto ?hasta hoy victoriosamente?a la reforma fiscal indispensable para nutrir al fisco con la equitativa contribución de quienes más beneficios y lucros obtienen en sus empresas y no con hacer recaer las máximas obligaciones fiscales, con impuestos al consumo (o uso de) artículos y servicios indispensables sobre la masa cautiva de todos los consumidores, sin discriminación entre aquel que de casi todo carece y quienes de la angustia pública obtienen el incremento de sus fortunas privadas. La salud del país sucumbirá, más pronto o más tarde, a nuevos triunfos del interés de la ?libre empresa? sobre las necesidades vitales de la mayoría de los salvadoreños.
El anterior Ministro de Hacienda, fue expulsado de su puesto cuando ingenuamente quiso investigar y obligar a esos señores de la ?libre empresa?, amos de Saca, a pagar correctamente sus impuestos, en un afán patriótico, si se quiere, de ampliar la base tributaria y que como debe ser en una genuina democracia que los que más tienen y perciben, deben de pagar más. Esta la esencia de un buen gobierno.
Este parece ser el dilema que se plantea hoy al régimen: el terminar un periodo al menos gestionando obras en beneficio de las mayorías o continuar de rodillas frente al gran capital nacional e internacional. El bachiller Saca, sin embargo, no parece dispuesto a plegarse al anuncio de una victoria popular que anteponga el interés de la nación y de los sectores mayoritarios de su población, al del lucro excesivo ?en estos últimos años multiplicado más allá de toda esperanza fenicia?de un sector privilegiado el cual, a la hora de las precisiones, ni siquiera puede demostrar su condición salvadoreña.
Ya lo hemos dicho, la crisis de granos básicos, de la harina, los altos precios de los energéticos, nada más favorece a esa iniciativa privada que con tanto celo defiende el dinosaurio de el diario de hoy. Sus ganancias, dicho está, se han multiplicado siempre a costa del dolor y las necesidades de los salvadoreños.