Por ARCENDO el 08-Apr-2008 | Hubo un tiempo en España, antes del advenimiento de la democracia, en el que se conspiraba desde dentro. Muchos de los exiliados de la guerra civil habían vuelto expectantes, animados por el nombramiento de D. Juan Carlos a la sucesión en la Jefatura del Estado, esperando una posible abdicación de Franco o incluso su muerte. Durante este tiempo apareció la canción protesta, Raimon, LLuis LLach, Serrat despuntaron entonces; Triunfo o Cuadernos para el Diálogo, por un lado y el Imparcial por otro era lo que se leía entonces. No solo los exiliados empezaron a meter ruido sino los tapados también. Y es el caso de Juan Antonio Gaya Nuño, este personaje, además de ser un ilustre y docto historiador de faceta impecable (se recuerdan sus trabajos sobre el Románico en España y El Museo del Prado entre otros), fue también un crítico de cierto renombre en el arte moderno, y es en esta faceta donde me voy a centrar. En su biografía consta que su padre fue fusilado por las tropas nacionales en la guerra civil; es sabido que en tiempos de guerra los ajusticiamientos en uno y otro bando eran cuestión diaria, y aunque es rigurosamente cierto que, en poblaciones en las que el frente estaba más lejano, los paseos, sacas, y asesinatos eran más frecuentes en el bando rojo por el descontrol de grupúsculos desmandados más propicios al gatillo flojo; también es constatable que hubo fusilamientos en el bando nacional. Y por H ó por B, le tocó al padre de nuestro protagonista. No se sabe a ciencia cierta los motivos del fusilamiento, pero fue un hecho que le marcó para siempre. Gaya Nuño arrastró toda su vida una amargura que le llevó a combatir veladamente al régimen y lo hizo como supo, a través del Arte y el resentimiento fue su bandera. Fue el valedor de "artistas" iconoclastas como Tapies y Gris, trayendo a la esfera artística española todo lo que viniera de pintores y escultores noveles que sin su empuje probablemente no hubieran sido nada. Su inteligencia como mercader de arte y la opinión pública entonces tan abierta a defenestrar al régimen encumbraron a una pléyade de bocetistas sin oficio, ni beneficio, exceptuando los dos antedichos. Claro que, a parte de servir de mecenas, también sacó también provecho económico y de prestigio en el mundillo en el que se movía. Es decir la pescadilla que se muerde la cola, unos se ayudan a otros, y todo el mundo es bueno. Sin embargo, Gaya Nuño no pasó por la vida como mero espectador en el arte, actuó de primer figurante y aunque movido por un odio visceral, supo aprovechar la situación y sus conocimientos para combatir a su modo, lo que él, erróneamente o no, creía justo. Hoy, he creido conveniente traer aquí al personaje, para divulgarlo y darlo a conocer, tanto por su ingente e interesante obra, como para tomar ejemplo de él, no en lo del resentimiento, ni en el odio, pero sí en el aprovechamiento de los talentos de que hizo gala para pelear por sus ideales; algo que sin duda, podríamos aprender de este viejo profesor; porque todos tenemos muchos talentos ocultos y con certeza, nuestros ideales son más justos y más solidarios, que los que este excelente y amargado historiador y escritor defendió.
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