Por Dadan Narval el 05-Mar-2009 |
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Cuando era pequeño, acudí a una final de Copa entre el Athletic y el FC Barcelona. Tenía nueve años. De aquel fin de semana recuerdo pocas cosas: una autopista habitada por coches que se saludaban a golpes de bocina con sonidos de campeón, y en cuyas ventanas colgaban bufandas y banderas del Athletic que ondeaban al viento; una visita al Zoo y al Parque de Atracciones de Madrid; la extraña sensación de ver a personas familiares en un contexto desconodico ?mis abuelos, tíos y primos, todos en Madrid-; haber leído en un periódico que ?el ordenador predice un 2-0 para el Barcelona? ?nunca entendí cómo un ordenador podía predecir el resultado de un partido, y sigo sin entenderlo-; los aledaños del estadio, que parecían los de San Mamés de la cantidad de banderas rojiblancas que había; un señor que, sentado a nuestro lado, animaba al Athletic, aunque era del Real Madrid ?no le gustaba nada el Barcelona, me dijo sonriendo-; nombres que entonces en Bilbao evocaban demonios futbolísticos ?Maradona, Schuster, Calderé?-; un gol que no llegué a ver, pero que celebré abrazándome a mi primo sin saber muy bien qué celebrábamos; una pelea sobre el campo; la tristeza de que en la misma a mi jugador favorito ?Miguel Sola-; un regreso cansado, pero feliz, en coche, siguiendo a las mismas banderas rojiblancas que, en la ida, indicaban el camino a Madrid, con la misma música de bocinazos de banda sonora.
Eso fue en 1984. El siguiente año, mi abuelo me preguntó si quería ir a la final de la Copa frente al Atlético de Madrid. Era un niño, y debí de pensar que el Athletic jugaba la final cada año. Respondí que no me apetecía, que prefería quedarme en casa con mis padres. Cuántas veces me he arrepentido de aquello, aun cuando el Athletic perdiera aquella segunda final, porque, quién me iba a decir que haría falta que pasaran nada menos que veinticuatro largos años ?más del doble de los que había vivido hasta entonces- para poder vivir una nueva final del Athletic.
Ayer, sin embargo, sí estuve en San Mamés. Os cuento: todo Bilbao llevaba unos días en los que se sentía en el ambiente la inminencia de algo importante. Entre una mezcolanza de nervios, ilusión, esperanzas y temores, las conversaciones de toda la ciudad apuntaban a una sola dirección: la Catedral.
La mañana comenzó lluviosa: buen pronóstico. Recordé que mi abuelo, cuando me recogía de niño para llevarme al estadio, repetía que los días de lluvia el Athletic goleaba. Me aferré a esa superstición con fe de párvulo. Por la tarde, tras salir del trabajo, remonté la Gran Vía bilbaína camino a San Mamés. La gente comentaba que el bus de los jugadores había sido acompañado ese mismo recorrido que hacía ahora yo, por miles de personas. Yo intentaba hacerme una idea de la imagen.
Esa misma gente se concentraba ahora en la calle Pozas, ensayando los cánticos y ánimos posteriores. A cada paso debías apartar a una o dos personas: tal era la densidad de la masa rojiblanca que cantaba al unísono. Nadie mostraba una mala cara al ser apartado por otro que caminaba. Al contrario: se intercambiaban mutuas sonrisas y pronósticos, todos favorables al Athletic.
Entré al campo mucho antes de lo habitual. Entre otras cosas, porque a diferencia de los días convencionales ayer cada uno debía estar sentado en su localidad. A duras penas, la encontré. Comí la primera de las mil pipas que mis tensos nervios me exigieron las siguientes tres horas.
Saltaron los jugadores. San Mamés rugió al unísono. Comenzaron los ánimos y jaleos. Jamás había visto San Mamés de aquella manera. Yo, habitual del estadio, comprendí que aquella noche iba a ser muy, muy grande. Creo que lo comprendimos todos los que allí estábamos. Cualquier atisbo de duda desapareció de un plumazo.
Y, por Dios, que si fue un partido enorme: nuestros jugadores lucharon como nunca. Cada balón fue una gesta; cada minuto tuvo una intensidad inédita, en este y cualquier otro campo. Los mayores, críticos insaciables en otras fechas, ayer animaban sin reservas. Y así fue, campo y grada en unidad, hasta el pitido final, en el que la marea rojiblanca derribó la invisible presa que separa grada de césped, para desbordarse sobre un campo que ayer volvió a recordar el por qué de su nombre de santo.
Es curioso, por lo demás, lo poco que recuerdo del transcurso del partido. Llevo todo el día recuperando imágenes sueltas, impresiones y pensamientos que, en conjunto, construyen un mosaico impreciso del juego. Quizá con los días, y las conversaciones ?no hablo de otra cosa- vaya poco a poco recuperando los detalles del partido. A fuerza he de hacerlo, porque, si hay algo que tengo claro es que, desde hoy y hasta que muera, muchas, muchísimas veces, repetiré, con respecto al día de ayer que ?yo estuve allí?.
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