Por Borja Barba el 21-Nov-2011 |
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‘Líder en chorizo‘. La frase se puede leer sobre la camiseta del Real Racing Club de Santander, a escasos centímetros de su casi centenario escudo. Es el emblema del patrocinador principal del equipo, una conocida firma charcutera. Tiene su punto de ironía del destino, no crean. En apenas diez meses, los acontecimientos han ido precipitándose en la capital cántabra. Todo comenzó con la llegada a El Sardinero de Ali Syed. El empresario indio aterrizó en Parayas aprovechando un momento idóneo: las deudas asfixiaban al club y los resultados deportivos, mediada la temporada pasada, eran amenazantes. Ante semejante panorama, poca gente reparó en la idoneidad de la aparición del siniestro personaje. Prometió saneamiento económico progresivo y una plantilla para soñar y lo único que dejó fue una cantidad insensata de impagos acumulados y un patético espectáculo en el palco santanderino. ¿Lo único? Puede que en realidad, y por desgracia, me equivoque: realmente, no se conoce aún el alcance real del paso de Mister Ali por la entidad montañesa. Y digo que no se conoce porque su figura aún sigue presente. Syed continua siendo propietario del club, pese a que se haya en paradero desconocido desde hace varios meses. La situación es caótica a nivel institucional. Con la reciente dimisión del Consejo de Administración en pleno (dimisión sin efectos reales, puesto que ‘no hay nadie’ ante quien dimitir), el futuro del club, acogido además a la Ley Concursal, es oscuro.
Como es lógico, la situación institucional se está haciendo notar en el plano deportivo. Tras la tumultosa salida de Marcelino García Toral el pasado verano, se buscó, con la llegada de Héctor Cúper, el aporte de un técnico experto en hacer florecer vergeles en mitad de un desierto. No había lugar para las contemplaciones. Al Racing solo le iban a valer los puntos obtenidos, sin importar las vías. Y, para eso, la opción del argentino era probablemente de las mejores. Sin embargo, los tres primeros meses de competición han dejado claro que el equipo va a pasar penurias deportivas. Hacer un gol cuesta un mundo (apenas siete tantos en once partidos, segundo equipo menos goleador de la tabla) y en el casillero de victorias languidece un único triunfo racinguista (en la jornada 11ª, ante el Betis).
La grada mira con pesar hacia el césped. A Munitis y a Colsa, antiguos emblemas, les pesan los kilómetros acumulados en sus botas. Keneddy ya no parece ser el jugador regular y destacado de la pasada campaña. A Nahuelpán, es una evidencia, no se le puede responsabilizar de las tareas goleadoras. El panorama es desolador. O lo era hasta la frenética irrupción de Jairo Samperio (Cabezón de la Sal, 1993).
Ocurrió en el trabajado empate a cero ante el Real Madrid. Jairo, en quien había confiado ese día Cúper para formar parte del once en sustitución de Munitis, se llevó a Marcelo hasta la línea de banda. Pisó el balón y, ante la impetuosa entrada del defensor madridista, quebró a la derecha con elegancia. Un quiebro seco, eléctrico, que dejó al brasileño tendido en el césped, incapaz de reaccionar ante la maniobra del joven canterano racinguista. De Jairo se ha destacado su descaro y su arrojo en el campo. Lo habitual en un joven al que su técnico ve oportuno hacer debutar en Primera a la temprana edad de dieciocho años. Pero al prometedor centrocampista le ha tocado vivir una época complicada. Su papel, aventuro, va a ir mucho más allá del puramente deportivo. Joven, prometedor, cántabro y ligado al club desde categoría infantil. Lo tiene todo para ser el salvavidas de una afición a la deriva.
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