Por Dadan Narval el 01-Apr-2009 |
semih senturk celebra un gol con la selección turca: pega esta imagen en tú pagina, Foro, Myspace o Ebay con este código...
A veces uno es incapaz de razonar la génesis que en él han tenido ciertos sentimientos; filias y fobias que nacieron sin que en ello tuviera importancia ninguna un factor clave. Todo lo contrario: son sentimientos en cuyo germinar abundaron las nimiedades, los pequeños detalles, lo anecdótico. El universo del hincha futbolero se rige por este criterio. No hay razones precisas detrás de los amores y odios que forman la identidad futbolera.
Yo reconozco tener una simpatía especial por ciertos equipos y jugadores a los que en principio nada habría de unirme. Esta filiación hacia ellos, además, se gestó en mí a partir de puras anécdotas. Ejemplo: sigo apasionadamente al West Ham United porque cuando era niño jugaba a un juego de ordenador en el que uno hacía de manager de un equipo y yo siempre elegía a los hammers. Como cuatro amigos jugábamos en grupo y nos gustaba el reto de ascender a la Premier y hacer poco a poco un equipo grande, cada uno de nosotros eligió (sin saber que en lo relativo a simpatías, sería para siempre), un equipo que en aquella temporada en la que estaba fechado el juego, jugaba en la First Division. En aquellos tiempos de fútbol tácticovirtual yo me hice hammer. Mis amigos, aún lo recuerdo, del Leicester, del Newcastle y del Wolverhampton.
Fue aquella una época de descubrimientos. La Premier comenzó a ser emitida por Canal Plus y los Ian Bishop, Julian Dicks, Trevor Morley, Ludek Miklosko, John Moncur o Steve Potts, pasaron de ser mis pupilos virtuales a mis ídolos reales. Veía junto a otros amigos los partidos que jugaba el West Ham y, curiosamente, los veía con casi la misma intensidad que aquellos en los que jugaba mi ?verdadero? equipo.
No fue un hecho aislado. Otras historias, hijas también de lo trivial, han hecho que mi favor se haya posado creo que para siempre en equipos como el Trabzonspor, el Sporting de Lisboa, el Standard de Lieja, el Ferençvaros, el Shakhtar Donetsk, el Friburgo, el Al-Ahly o el Lens.
Con los jugadores sucede lo mismo. A los zidanes se les adora por cuestiones tangibles: ¡qué regate!, ¡qué visión de juego!, ¡qué capacidad de desmarque!. Pero hay otros, innumerables, que habitan el panteón del hincha por méritos baladíes: un nombre bonito, exótico o extraño, un gesto aislado de deportividad en toda una carrera de malas formas, una característica físico ?ser muy guapo, o muy feo-, tener mala suerte, llorar o reírse sobre el campo en un partido? quién sabe: hay tantas (sin)razones para seguir a un jugador como hinchas habitan este mundo.
En mi caso, he hablado como si de un amigo se tratara de futbolistas como Chris Bart-Williams, Slaven Bilic, Trifon Ivanov, Ahmed Ouattara, Georgi Demetradze, Jacki Dziekanowski, Amaral, Viola, Cirille Makanaky, Sebastián Rambert, y tantos otros ?enumero a vuelapluma-, sin poder argüir razones futbolísticas de ningún tipo. Simplemente, me resultaban, sin atender a razones, simpáticos. He seguido carreras futbolísticas de jugadores a los que he visto sobre el campo dos, tres veces como mucho, en toda mi vida -Duke Udi, por ejemplo, o ninguna, como a Osa ?Icecream? Guobadia- y al los que vuelvo, regularmente, a buscar por la red.
Entre estos, desde hace un tiempo, hay uno que sigo con asiduidad. Se trata del delantero centro del Fenerbahçe y de la selección turca, Semih ?entürk. En este caso, hay también conocimiento futbolístico. Es un enorme jugador. Pero mentiría si no dijera que mi simpatía hacia este cazador del área nació por una razón tan escasa como el gesto con el que afronta los partidos. Tiene algo su gesto de plena y absoluta concentración, unida a sus rasgos amables, como de buen tío, que hace que cada gol por el marcado, que cada vez que hace callar a la hinchada rival con su habitual forma de celebrar los goles, lo sienta como mío.
Todo esto es quizá un absurdo, lo sé.
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