Por Borja Barba el 20-Apr-2010 |
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Cada vez que alguien me pide opinión sobre Jose Mourinho me invade el mismo dilema. Sigo sin estar seguro de si le admiro profundamente o le detesto sin contemplaciones. Quizá depende del día. De lo que estoy seguro es de que jamás me ha dejado indiferente. Siempre he encontrado argumentos de peso, que él se ha encargado de servirme, bien para elogiarlo o bien para defenestrarlo.
Puede que todo derive de su actitud maquiaveliana hacia el fútbol. Como el excelso pensador y político renacentista, el técnico portugués concibe la libertad de medios como elemento indispensable para alzarse con el poder y mantenerlo. Si entiende que las rotaciones son contraproducentes para el devenir de su equipo, fulmina a sus futbolistas más apreciados con rachas de partidos sin descanso. Del mismo modo, si concluye que apostar por un tridente ofensivo (Eto’o, Diego Milito y Goran Pandev) será la mejor arma para ganar batallas, pasa por encima de los convencionalismos futbolísticos transalpinos y de quien haga falta para morir con su idea. Y no lo hace por altanería, ni por testarudez. Lo hace porque está realmente convencido de que es lo mejor para los intereses de la bandera que defiende.
Pero alrededor del técnico de Setúbal se ha construido una figura más cercana a un personaje de ficción que a una persona real. En otro sentido, recuerda a Guardiola. Una vida y unas intervenciones guionizadas. Previstas y calculadas. Da la sensación de que cada una de las palabras y de los gestos de Mourinho tienen un porqué y un fin previamente seleccionado. De que no deja nada al azar, ni siquiera en los momentos de pasión posteriores a una victoria especial.
Su arsenal de frases para el recuerdo y de particulares momentos de gloria serviría para trazar un fiel perfil de su personalidad para todo aquel que no le conociese. Bastaría dibujar una línea que uniese escenas como la posterior a aquel gol de Didier Drogba en el Camp Nou, o aquella despedida oficiosa de la desconsolada afición del Chelsea, cuando en mayo de 2007 perdía la Premier League en el Emirates Stadium y se dirigía a la que había sido su fiel parroquia haciéndoles ver con claros gestos que lo que su equipo había logrado era como para sentirse orgulloso.
Mourinho fue fundamental en el camino que hubo de recorrer el Chelsea a mediados de la década que ahora concluye hasta convertirse en un club grande. Los millones de Abramovich, si bien ayudaron, no habrían resultado suficientes. El portugués consiguió inculcar en el club una mentalidad ganadora, de club grande, que habría sido imposible de conseguir a través de la chequera del ruso. Pero acabó consumido de éxito. Su propia voracidad requería mayores empresas. Fue cuando Abramovich decidió prescindir de sus servicios en Londres. Él nunca habría encajado en un proyecto ‘vitalicio’ como el de Ferguson en el United.
En su camino por seguir construyéndose a sí mismo, Mou aceptó el reto tendido por Massimo Moratti: hacer del Internazionale, de nuevo, un grande de Europa. Los italianos tenían las mejores piezas posibles, pero les faltaba el espíritu. Lo que no se compra, vamos. Lo que debía aportar el portugués.
Recogió el legado de Mancini en una Italia asolada. Sin rival por el título doméstico, Mourinho aceptó el compromiso de colocar a la Beneamata entre los colosos continentales. En su primera temporada, el equipo no consiguió sobrepasar los octavos de final. Nunca dio verdadera sensación de poder imponerse al poderoso Manchester United. Sin embargo, Mourinho comprendió el valor de aquella eliminación. Tal y como nos apuntase Enric González cuando le cuestionamos sobre el favoritismo de ’su’ Inter en la máxima competición continental hace ahora tres temporadas, la Liga de Campeones la ganan los ‘veteranos’, los que rondan las semifinales durante varios años seguidos, los que se dejan ver entre los escogidos. Y eso fue lo que empezó a hacer el Inter hace ahora tres años.
Ahora el Inter es uno de esos escogidos. Uno de los cuatro supervivientes de las semifinales. Por vez primera desde hace siete temporadas. Ya ha sentado las bases pertinentes para asomarse con cierta frecuencia al club de los poderosos. Y con Mourinho, ese educador de futbolistas e inculcador de mentalidades, al frente de la nave.
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