Por Viajes L el 11-Feb-2008 |
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Vamos de lo general a lo particular. En San Martín, como en muchas ciudades patagónicas, uno puede hacer base y salir a recorrer lagos y bosques. Uno de esos lagos con bosque de coihues viejos es el Curruhué Grande, que viene después del Curruhué Chico.
A propósito, curruhué es un vocablo mapuche que quiere decir lugar oscuro. Y así se ve por las tardes, cuando a pesar de la luz inmensa que cae sobre el lago, el bosquecito es un rincón de penumbra.
Exactamente la penumbra que uno busca después de nadar en el lago fresco, después de comer un asado -hay parrillas-, cuando el cuerpo husmea el terreno a la pesca de un lugar para reclinarse.
Como los catadores de vino y también de agua, existen catadores de lugares para dormir la siesta. Y el camping del Curruhué Grande parece que tiene un alto puntaje en el ránking mundial. Porque es lejos, en marketinero fin del mundo
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-unos 70 kilómetros desde San Martín- por lo tanto no se llena de veraneantes ni siquiera en verano, es fresco y tiene sombra. Por eso, en el Curruhué Grande vi a tantos dormir una siesta.
Siestas largas, siestas profundas, siestas voluptouosas, siestas con sueños, siestas que despiertan con incertidumbre (¿dónde estoy, qué hora es, quién soy yo?), siestas valiosas.
Siestas sobre acolchados y hasta sobre un pedazo de cartón corrugado. Siestas sin gritos en los alrededores, siestas en carpas, pero sobre todo siestas como las de las fotos: abajo de un coihue, con la brisa que llega el lago y a pata suelta.
(Se recomienda untarse antes con off porque los tábanos también tienen el dato del lugar).
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