Por Dadan Narval el 26-Oct-2011 |
Foto 0 en Sobre la muerte de un deportista. Recordando a Hermán Gaviria.: pega esta imagen en tú pagina, Foro, Myspace o Ebay con este código...
Alguien afirmó que la literatura nació el día que se inventó la expresión “mientras tanto, en otro lugar…”. Y en cierto sentido es así: para contar una historia a veces basta con relacionar dos hechos aislados. Hagamos un ejercicio de ese estilo. Viajemos en el tiempo y volvamos, por ejemplo, a las 20:30 horas del 24 de julio de 1992, un día antes de la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona y desplacémonos al Estadio de Mestalla, donde las selecciones olímpicas de España y de Colombia juegan su primer partido de los Juegos. Ahí, en el centro del campo, en ese mismo instante, el balón bota y dos jugadores se lo disputan. Uno es Pep Guardiola, un joven centrocampista del FC Barcelona que muchos afirman que hará historia con el cuatro a la espalda (nadie se atreve siquiera a sospechar que una vez cuelgue definitivamente la camiseta comenzará otra historia, aún más grande). El otro es Hermán Gaviria, centrocampista defensivo del Atlético Nacional del que en Colombia hablan maravillas. Ese balón se lo lleva Gaviria, pero tampoco importa demasiado, pues el partido acabará con victoria española por un inapelable 4-0.
Pasemos los años como si fueran hojas de un libro. El deslumbrante destino de Guardiola (hasta el momento) ya lo conocemos. Sigamos pues, a Gaviria. Su equipo pierde ese encuentro y los periodistas españoles se preguntan si realmente Colombia tiene tanto futuro futbolístico como se le supone. Encontrarán la respuesta algo más de un años después, cuando los cafeteros se hacen con el Monumental de Buenos Aires machacando a Argentina por un 0-5 que aún se recuerda con nostalgia en cada esquina del país. Después de aquello, todos creen en el fútbol colombiano. Sin embargo, una página después, un año después, el sueño se rompe. Colombia llega a USA`94 como inédita favorita y se la pega con todo el equipo. Otra historia que también conocemos: Andrés Escobar es asesinado supuestamente por su autogol ante los norteamericanos y su muerte es el símbolo del fin de un sueño tan bello como breve. Desde entonces, muchos ansiamos volver a ver un equipo colombiano como aquel y pensamos que, en cierto sentido, la historia debe a Colombia la posibilidad de resarcirse de aquel sueño que terminó en pesadilla.
Pero sigamos con Hermán Gaviria. Él fue quien marcó el primer gol de la única victoria de Colombia en aquel Mundial (2-0 ante Suiza). Crecido a la sombra de otros nombres como Valderrama, Higuita, Rincón, Aristizabal, Lionel Álvarez y un largo etcétera, Gaviria no tuvo el reconocimiento que probablemente merecía. Así, siempre jugó en su país, excepto un año en la exótica liga japonesa. Sin embargo, en las conversaciones que entonces teníamos los futboleros de mi generación, emergía recurrentemente. Si hacemos un paralelismo, Gaviria sería a aquella generación de jugadores colombianos lo que Roger de La Fresnaye al movimiento cubista. Quizá el público general desconozca su relevancia, pero quienes recuerdan aquel equipo, no olvidan su papel en el mismo.
Hermán Gaviria. Para un futbolero de mi generación, es un nombre de familia, de alguien cercano. Poco a poco fueron pasando los años, Gaviria desapareció de la selección y de ese modo, fuimos olvidándolo? hasta que el 24 de octubre de 2002, un rayo impactó en el campo de entrenamiento del club Deportivo Calí segando la vida de dos de sus jugadores: Giovanni Córdoba y? Hermán Gaviria.
Recuerdo el momento preciso en que los informativos dieron la trágica nueva. Y recuerdo que en el instante me sentí profundamente triste. ¿Por qué? De Gaviria a penas había visto una docena de partidos, el último unos cinco años atrás. Y, sin embargo, la noticia en el momento me afectó. Algo parecido sucedió el domingo con Marco Simoncelli. ¿Por qué nos duele tanto la muerte de un deportista? Probablemente, porque es un símbolo de la muerte de todos nosotros, de nuestra condición efímera y el desconocimiento de cuándo llegará nuestro último momento. Como decía con sorna Voland, el Diablo de ?El maestro y Margarita?, nuestra condición mortal es solo la mitad del problema. La otra mitad es que ?morimos de repente?. La desaparición de un icono que encarna la vitalidad, la juventud, el triunfo y el futuro abierto, como un deportista de élite nos afecta precisamente porque nos recuerda esa segunda mitad del problema de nuestra esencial condición mortal. Con Simoncelli el domingo, con Gaviria hace nueve años, lo que sentimos es el absurdo de la propia existencia, del vivir evitando la consciencia de que en cualquier momento, sin previo aviso, llega el final. Es como una película que se corta cuando la trama no está sino comenzando a apuntarse. Uno ve las imágenes de Simoncelli mostrando la dirección de su nueva página web una hora antes de morir y no puede evitar afirmar que todo esto es una soberana estupidez, una comedia sin gracia, una película cuyo director es un perfecto idiota.
Pero también es cierto que hay una pequeña parcela a la que conseguimos que la muerte no llegue. Es un territorio enano, insignificante, que sirve de poco, es cierto, pero es todo nuestro. Hablo de la memoria colectiva, ese ejercicio de recuerdo común con el que conseguimos que alguien nunca desaparezca del todo. De alguna manera, estaremos aquí mientras alguien nos nombre. Por eso el lunes cuando estaba con un buen amigo futbolero, le dije:
- ¿Te acuerdas de Hermán Gaviria?
- Sí, claro. Joder, ¡qué bueno era!
Y los dos nos quedamos un buen rato recordando partidos de aquella Colombia que un día vimos que con ilusión desbordada. Sé que es poco, que de nada sirve, pero en ese momento me sentí un poco reconfortado, al saber que mi amigo también recordaba a aquel centrocampista cuyo nombre siempre sonará en mis oídos como el de un familiar lejano, pero querido: Hermán Gaviria.
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