Por Dadan Narval el 17-Oct-2007 | Se acerca la Copa de África y el recurrente debate de todos los años sobre la idoneidad de las fechas en la que se disputa ha comenzado. También han empezado, como todos los años, las presiones hacia los jugadores por parte de los clubes, para que no defiendan en ese campeonato los intereses de sus países. La invasión de campo producida en el reciente Togo-Malí, por otro lado, ha dotado al debate de un tinte ciertamente desagradable, que lleva incluso a algunos, en un oportunista ejercicio de cinismo, a poner en duda la misma seguridad de los jugadores en este continente e incluso a plantear la posibilidad de que los clubes europeos no contraten africanos. En fin, lo que hay que leer…
Sin embargo, hay factores que hay que tener en cuenta en dicho debate y que demasiadas veces se pasan por alto a la hora de abordarlo. El primero, aun no el más importante, es el referido al clima propio del continente africano. Generalmente se suele decir que no se puede jugar al fútbol en verano debido al calor, pero no es cierto. No hay excesivas diferencias de temperatura en la mayoría de los países de ese continente entre los meses de verano e invierno. La razón reside en las lluvias. En los meses de verano muchos de los países que anhelan ser sede del evento ?sobre todo los localizados al oeste del continente- sufren temporadas de lluvias que dejan los campos absolutamente impracticables.
La razón principal, sin embargo, tanto para las fechas elegidas como para el carácter bienal del evento es de motivo económico ?business as usual- . La Copa de África se programa cada dos años porque de la disputa de la misma depende la economía de muchas selecciones que no optan en la práctica a la clasificación a un Mundial y para las que el estar sumergidas en continuas rondas de clasificación, en las que se enfrentan a los gigantes del continente es necesario. Asimismo, al ser cada dos años, son más las sedes que pueden organizar el evento, con todo lo que esto implica para los Estados de los países organizadores.
Pero, sobre todo, hemos de tener en cuenta que los meses de verano están ocupados por campeonatos como el Mundial, la Eurocopa, la Copa América de Naciones y los Juegos Olímpicos, eventos contra los que la Copa de África no puede competir. Programar el máximo título del continente en las mismas fechas que cualquiera de estos cuatro eventos supondría, en la práctica, su desaparición, en la medida en que tanto patrocinadores como televisiones no dudarían en una posible elección entre cualquiera de esos cuatro campeonatos y el africano.
Así, no es difícil concluir que la Copa de África se disputa en esos meses y cada dos años porque, simplemente, no queda más remedio. Otra cosa, muy diferente, es el hecho de que el campeonato de selecciones africanas se dispute en años pares, por lo que coincide alternativamente con Mundial y Eurocopa. Teniendo en cuenta que la mayoría de los jugadores que disputan la Copa de África juegan en Europa, cuyas ligas comprimen el calendario en los años pares debido a la celebración de esos dos eventos veraniegos, parece un paso a mejor que la Copa de África cambiara su programación a años impares. De ese modo, los partidos de clubes que los jugadores que trabajan en Europa se perderían se reducirían importantemente, rebajando por otro lado la presión que los clubes realizan, cada año, a sus jugadores africanos para que no acudan a la llamada de su selección.
Este último es un asunto importante. Es el verdadero cáncer de la Copa de África que, cada año ve cómo faltan algunas de las mayores figuras del continente por razones extradeportivas, reduciendo exponencialmente lo atractivo del campeonato, sobre todo a ojos del público europeo. A veces, además, esto es algo que se paga caro deportivamente. Nigeria, por ejemplo, falló en la clasificación al último Mundial debido a la reiterada ausencia de sus mejores jugadores en los partidos de clasificación. Ausencia que se debía principalmente a la presión de los clubes, que amenazan a los jugadores con dejar de contar con ellos si acuden a la llamada de su país.
Es un debate difícil. Es cierto que los clubes son los que pagan, pero no es menos cierto que el derecho de un jugador a representar los colores de su país debería ser respetado, no sólo en teoría, sino en la práctica. Encontrar la solución que atienda a estos dos aspectos ha de ser el objetivo fundamental. Para ello, no obstante, ha de plantearse el debate entre todas las partes a un mismo nivel. Es de destacar que, si bien no dudamos en llenarnos la boca hablando de lo igualitario del fútbol global, de todo lo bueno que hace el fútbol por la igualdad en el mundo, cuando se presentan debates como éstos, en los que existen intereses enfrentados, no dudamos, desde Europa, en utilizar nuestra posición de poder. Mientras que a nadie se le ocurriría plantear que los campeonatos de liga en Europa se paralicen durante las fechas de la Copa de África o el derecho de los jugadores europeos a jugar con sus selecciones -todos nos echaríamos las manos a la cabeza si el Liverpool presionarse a Torres para que no jugara un partido oficial de la selección-, se amenaza de muerte a la máxima competición africana, de la que depende la supervivencia del fútbol profesional en ese continente.
Es muy bonita la idea del calendario unificado. Pero para la consecución del mismo hay que respetar las circunstancias propias de otras zonas del mundo, no imponer los criterios de los clubes y de Europa. Porque el fútbol pertenece a la gente, no a los clubes. Y pertenece también al Mundo, no sólo a Europa.
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