Por Dadan Narval el 10-Apr-2008 | Hay un tópico futbolero que reza que el público, aún cuando no patea la bola, puede ganar partidos. Es cierto, yo lo he visto. He asistido a encuentros en los que un equipo que tenía todo para perder, terminó imponiéndose al rival gracias a la comunión con la grada, desde la que brotaban rachas de ánimo en forma de gritos y cánticos de sus seguidores, que empujaron a los jugadores a lograr lo imposible. En esas ocasiones, uno se reconcilia con el fútbol, lo entiende como una representación única del poder de la identidad común, en el que el espectador es capaz de por una suerte de magia extraña, vestirse de corto, saltar al campo y ser uno más en la búsqueda del gol y, consecuentemente, de la victoria.
Sin embargo, tengo la mala suerte de ser seguidor del FC Barcelona, de que mis sueños futboleros habiten en el Nou Camp, teatro frío en el que el público se denomina ?el que paga? más que ?el que siente? y, consecuentemente, tiende sólo a aplaudir al final de la representación, si es que ha sido de su gusto, y también a hacer sentir su presencia cuando a mitad de obra entiende que es turno de exigir la devolución del importe de la entrada, pues el espectáculo no está siendo de su agrado.
Ayer el público del Nou Camp volvió a hacerse presente a mitad de un partido y, una vez más, no lo hizo para espolear a su aturdido equipo, para reanimar a los jugadores que necesitan del apoyo de la grada, para demostrar a los alemanes que sin en Gelsenkirchen se anima aquí más, sino para pitar y sacar pañuelos por una nimiedad: Frank Rijkaard en el minuto setenta y pico de un partido ganado, al final de una temporada cargada de partidos y con un equipo plagado de lesionados osó quitar del campo a Bojan para dar entrada a Giovani. Pecado imperdonable, sin duda, por parte del entrenador que llevó al club en dos años de arrastrarse por los campos de España a ganar la Champions de París, que fue respondido por la grada de la mejor manera posible: silbando. Es comprensible, como es sabido, nos sobran las Copas de Europa y el Barcelona nunca en su historia ha caído antes de semifinales de la Champions.
Yo me imaginaba ayer a un ojeador del Manchester United en la grada del Nou Camp preguntando incrédulo al espectador que se sentaba a su lado qué es lo que sucedía, por qué la grada protestaba. Me imaginaba al seguidor culé indignado, diciéndole al atónito inglés que Bojan es el mejor, que los demás son unos vagos y maleantes y que Rijkaard no tiene ni idea, o, peor aún, que está retando al público con ese cambio. Me imaginaba al ojeador inglés sonriendo socarronamente, subrayando en su libreta que uno de los puntos más débiles del Barcelona no está sobre el campo, sino rodeándole. Me imagino ahora, al ojeador inglés en un pub de Manchester explicando a sus amigos entre risas y cervezas que en Barcelona se abuchea al equipo cuando va ganando porque el entrenador al final de un partido resuelto quita a un jugador para poner a otro de refresco, mientras los amigos del ojeador escuchan el relato del primero con los oídos de quien atiende al relato de extrañas costumbres de los hombres de tierras lejanas, relato al que, por insólito, no saben si dar credibilidad.
- Bueno ?se dirán- de todo ha de haber en este mundo?
La prensa de Barcelona, obviamente, alaba la actitud del público. El Mundo Deportivo entiende el cambio como un ?órdago? de Rijkaard. Toni Frieros en el Sport afirma que ?el socio es soberano, siempre tiene razón, así que Rijkaard haría muy bien en tomar nota de lo que piensa el Camp Nou?. Es comprensible, ellos no pueden decir ?al que paga? cosas que no quiere escuchar.
Yo, sin embargo, sí puedo. Les diré a quienes ayer sacaron el pañuelo que nunca debió salir de su bolsillo que, por si no se han dado cuenta, nos encontramos a final de temporada con un equipo plagado de lesiones. Les recordaré que ellos mismos pitaban cuando Rijkaard administraba a Messi, porque, según ellos, ?debía jugar siempre?, y ya sabemos cómo terminó la historia. Les recordaré, por si no lo saben, que el domingo se vuelve a jugar y que si hay que reservar a alguien, convendremos, ha de ser al que más en forma está. Les diré también que aunque crean que con sus pitos muestran su apoyo a ese chico de diecisiete años, más bien lo que hacen es sembrar la duda en él y, de paso, en el resto de compañeros.
Estamos en semifinales. En ellas hay, a parte de nuestro equipo, tres ingleses. Los tres tienen algo que nosotros sólo podemos soñar con tener. No es dinero, ni jugadores entregados, ni cantera, ni calidad sobre el campo. Es un público fiel e incondicional aún en los peores momentos. Yo vi Stamford Bridge lleno hasta la bandera en un Chelsea-Plymouth de Copa. Yo he visto a Anfield aplaudir hasta rabiar a un equipo lleno de ?extranjeros? que está a catorce puntos del líder en liga y que se ha quedado fuera de la Copa apeado por un segunda división. Yo he visto cómo sólo el público de Old Trafford, no el equipo, ha remontado partidos que los jugadores daban por perdidos. He visto a estos tres campos, por otro lado, aplaudir hasta que les dolían las manos a sus respectivos equipos cuando las cosas no estaban para echar cohetes. Y todo esto lo he visto con una envidia enorme, incalculable, y la profunda tristeza de saber que en ?nuestra casa? nunca será así.
Muchos dicen que probablemente este Barcelona 2007/08 no merezca ganar la Champions. Es posible, pero de lo que no me cabe duda es que, por desgracia, su público mucho menos.
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