Por Yoani Sanchez el 25-Nov-2011 |
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Entre los feos edificios de concreto y las casonas con jardín, afloran tímidos espacios de disfrute. Un barrio que durante décadas estuvo condenado al aburrimiento nocturno, a ser un trozo de ciudad dormitorio, ve ahora como los carteles lumínicos y las barras con bebidas le surgen aquí y allá. Confortables cafeterías, bares, gimnasios y peluquerías afloran con el nuevo renacer del trabajo por cuenta propia. Entre los emprendedores de hoy, pocos formaron parte de la oleada de diminutas empresas privadas que apareció a mediados de los años noventa. Por tanto, no guardan en su memoria el trauma del cierre, de la voluntad gubernamental que los asfixió con altos impuestos, restricciones absurdas y excesivas inspecciones.
Junto al timbiriche de pocos recursos, también se levantan espacios que compiten en belleza y eficiencia con el mejor hotel de la Isla. Obras de artes en las paredes, muebles de madera labrada, lámparas mandadas a hacer con artesanos locales, son algunos de los detalles que utiliza esta nueva clase de empresarios para decorar sus lugares. La voz se corre por todas partes: ?abrieron un paladar de comida mexicana en aquella esquina?; ?un chef sueco ha venido a dar clases a cocineros que planean abrir un sitio en Centro habana?; ?en ese balcón venden las más exquisitas paellas del país?. Pareciera que tal influjo de creatividad es imparable y que no podrán ?como lo hicieron antaño- cortarle el camino a un sector que supera en calidad a los establecimientos estatales.
El barrio se ha vuelto un destino para quienes antes escapaban hacia la calle 23 o el Malecón en busca de esparcimiento. Pero cierta intranquilidad no nos deja todavía disfrutar de las mesas de mantel impecable y de los camareros con corbata. Algunas preguntas nos surgen con cada cucharada que probamos: ¿Sobrevivirán? ¿Los dejarán existir o volverán a eliminarlos?
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