Por Dadan Narval el 03-Jun-2011 |
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El corazón atiende a razones que la razón no entiende. En el caso del fútbol, más si cabe. Qué profunda pena sentí justo en el momento en que se confirmó que mi querido West Ham descendía, después de tanto tiempo, al Championship. Los hammers es un equipo que quiero desde hace años. Pero a diferencia de otros, a los que conocía antes de haberme enamorado de ellos, mi pasión por el West Ham nació como un amor virtual. Me hice hammer cuando apenas conocía su nombre, sus colores.
Fue tal y como os lo cuento. En los últimos meses del curso 92/93 yo era un estudiante de bachiller que se empeñaba por intentar comprender ?o cuando menos memorizar temporalmente- ciertos aspectos de la vida y el mundo que aparecían recogidos en los diferentes y pesados (al menos para la espalda) libros de texto de BUP. Para lograr los ansiados aprobados ?más bien la anhelada libertad veraniega, todo hay que decirlo- reduje radicalmente mis horas de calle en un ejercicio de disciplina que se me antojaba espartano. Aún cuando los fines de semana eran sagrados, tocaba centrarse en el papel durante los cinco días laborables, destinando las tardes exclusivamente al latín, las matemáticas, la lengua, la historia y todos esos inventos del demonio creados para amargar la existenncia de un adolescente. Fuera de mi habitación la vida ardía, pero había que sacrificarse.
Todo habría ido bien si no fuera porque en una de las tardes dedicadas al estudio, mi hermano apareció con un nuevo juego fútbol para el ordenador (teníamos un Amiga). Ahí andaba yo con mis declinaciones latinas, cuando la mirada comenzó a írseme poco a poco hacia la pantalla en la que mi hermano se esforzaba por comprender de qué se trataba aquel conjunto de rectángulos con texto en inglés en el que el juego se desplegaba. Con su dominio de niño español de trece años de la lengua de Shakespeare, se perdió en el laberinto del texto ininteligible. Como soy un buen hermano, hice el esfuerzo de dejar los libros y, por unos minutos, intentar ayudarle. El juego, me dijo, se llamaba ?Championship Manager? y se trataba de ser el entrenador de un equipo inglés. Navegué un poco por los menús, intentando entender cómo se podía dirigir un equipo de fútbol solo con textos y más textos. Aquello no tenía sentido.
- Pero, ¿no se juega? ?pregunté.
Vaya que si se jugaba. Poco a poco nos fuimos enganchando. No recuerdo cómo fue, pero sí que pocos días después mis libros languidecían en una esquina del escritorio, mientras mi hermano, dos amigos y yo (se podía jugar cuatro al mismo tiempo) nos apretujábamos delante de la televisión (entonces no había monitores) sin perdernos detalle de la evolución de nuestros respectivos equipos, discutiendo a voz en grito ofertas por jugadores, cantando goles que no eran más que un rectángulo con el texto ?GOAL? en su interior.
Como queríamos empezar desde abajo, antes de jugar pactamos que cada uno dirigiría a un equipo de la segunda división. Quién sabe por qué lo hicimos, pero en aquel momento los cuatro tomaríamos una decisión que nos acompañaría toda la vida. Mi hermano eligió el Leicester, Iker el Birmingham, David el Newcastle y yo aquel club cuyo nombre me resultó más gracioso: el West Ham, que leía textualmente, jamón oeste.
La carrera había comenzado. Desde aquel momento el destino de aquellos clubes hasta entonces absolutamente desconocidos para nosotros, dependían de nuestras decisiones.
Qué gran tiempo viví como entrenador hammer. Nunca me olvidaré de los nombres (porque eran solo nombres) que dirigí virtualmente: Miklosko (enorme portero), Dicks, Potts, Trevor Morley, Tony Gale, Tim Breacker y sobre todos, Ian Bishop, cerebro y capitán de un equipo que hizo historia jugando un 4-4-2 con estilo pass-to-feet.
Claro está que por aquel West Ham soñado, desfilaron estrellas que jamás pisaron Upton Park, como Peter Ndlovu (Coventry City), el veterano Jacki Dziekanowski (siempre era mi primer fichaje, procedente del Bristol City), Chris Bart-Williams (del Sheffield Wednesday, llamado a ser el mejor jugador del mundo) o Marco Gabbiadini (delantero del Derby County que se salía de la tabla).
Ahora que lo pienso con distancial temporal, la escena roza la absoluta absurdidad: cuatro tíos frente a una pantalla, sufriendo porque un programa echa una moneda virtual al aire para decidir si la final de la FA Cup se la lleva un nombre u otro, peleándonos porque la ley de la oferta y la demanda no suba demasiado el precio de un jugador de otro equipo que los cuatro queríamos, deprimidos porque nuestro equipo había descendido cuando los de los otros tres compañeros se mantenían en la primera división, felices por lograr un ascenso o un título que solo acontecía en nuestra imaginación.
¿Cuántas horas pasamos frente a aquel juego? Innumerables. Hoy es el día en que a veces, cuando nos juntamos los cuatro, ya adultos, trabajadores, responsables (o al menos eso aparentamos), sin quererlo surge en nuestra conversación aquel ?tiempo perdido? (como decían nuestros padres, sin saber que en cierto sentido acertaban al calificarlo tan proustianamente) y hablamos con nostalgia real de unas vivencias que sólo fueron virtuales, pero que marcaron nuestra vida como hinchas futboleros. Sé, por ejemplo que David, que es del Athletic, tuvo un cierto amargor cuando su equipo real eliminó a su equipo virtual, el Newcastle en la UEFA de la temporada 93/94, porque le recuerdo hablando de Ruel Fox o Lee Clarke como si los conociera personalmente. Sé que después de aquello, cuando Canal Plus comenzó a emitir la Premier, igual que yo me tragaba todos los partidos del West Ham aplaudiendo cada vez que Ian Bishop tocaba un balón (después se me fue al Manchester City), ellos siguieron los de sus equipos. De hecho, aún hoy alguno de nosotros dice, como reconociendo algo casi vergonzoso, que en cierto sentido es de su club virtual, al que nunca traicionará.
Por eso, cuando la globalización tuvo a bien poner al alcance de nuestra mano lo que antes estaba a todo un mar de distancia (qué lejana estaba Inglaterra en 1992, ay), optamos por vestirnos por fin con las camisetas de nuestros clubes. Yo tengo una parecida a esta. Ellos tienen también han tenido donde elegir y hoy visten con orgullo camisetas que hace casi veinte años imaginaban.
Obvia decir que aquel curso suspendí casi todas. Aún tengo algún cuaderno de estudio aquella época, donde en los márgenes hay una inscripción que solo yo entiendo y que me suena a pura poesía: Miklosko-Dicks-Potts-Gale-Statham-BartWilliams-Bishop-Butler-Warzyzcha-Morley-Dziekanowski
Cada quince días y de la mano de Classic Football Shirts, la tienda online especializada en camisetas antiguas, nos acercamos al fútbol con una perspectiva diferente. Lo hacemos desde las camisetas con las que se ha construido la historia del deporte rey.
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