Por CAMINO MISIONERO el 18-Apr-2010 | 
Publicado por Esquila Misional
Este relato de vida es un resumen sobre la experiencia de Isaac Daniel, un «niño soldado» a quien el padre Jesús Aranda conoció en Nairobi, Kenia, y con quien tuvo la oportunidad de platicar. La historia de Isaac no es mera narración literaria, hoy en día es una realidad que viven miles de niños en África y en otras partes del mundo. Su testimonio nos ayuda a tener una idea de la dimensión del problema de los niños soldado alrededor del planeta.
ALGUNOS NÚMEROS En todo el mundo se calcula que 300 mil niños son utilizados como soldados, de esta cifra el 10 por ciento se encuentra en República Democrática del Congo y otros 120 mil en África Subsahariana, según informes de la ONU. El fenómeno no se limita a África, afecta a otras regiones como Asia; Europa Occidental, con Irlanda del Norte; y a Latinoamérica, con Colombia, donde existen 15 mil niños soldado en las tres facciones armadas no estatales, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, el Ejército de Liberación Nacional y las milicias paramilitares. Todavía en 20 países o territorios utilizan a los menores como combatientes, incluso en algunos de los que ratificaron el tratado como Birmania, Ruanda e India. En este momento, son muchas las organizaciones que reclaman mayor compromiso de los gobiernos y los líderes mundiales para poner fin a este drama.
ISAAC DANIEL
Mi nombre es Isaac Daniel y nací en Sudán, un país lleno de sufrimientos y dolores. Este lugar está en el corazón de África, y ha sido bendecido por Dios con el río Nilo, tiene mucha vegetación, animales y el gran desierto del Sahara. Dicen que Sudán tiene mucho petróleo, pero este maravilloso país ha sido destruido por tanto odio y maldad.
Lo primero que recuerdo cuando era pequeño son los gritos de dolor y angustia de mi gente y la huída de un lugar a otro para escondernos de los soldados del gobierno (norte) y de los guerrilleros rebeldes, éstos últimos son quienes le hacían la guerra al norte para defender, ante todo, nuestra dignidad de raza negra, nuestros recursos y nuestra religión cristiana.
A los que vivimos en Sur Sudán, los soldados del gobierno nos hacían la «guerra santa» sin misericordia (La Jihád) por los únicos delitos de considerarnos infieles, ya que no somos o queremos pertenecer a su religión musulmana, y por ser de raza negra, pues según ellos, somos igual que animales. Los soldados del norte llegaban para matarnos y echar por tierra nuestras aldeas; ellos nos embestían sin compasión, quemaban nuestras chozas y graneros, violaban a nuestras madres y hermanas, mataban a nuestros ancianos y secuestraban a los niños, adolescentes y jóvenes para enrolarlos en su ejército sin ninguna contemplación ni piedad. Cuando se los llevaban, lo primero que hacían era convertirlos a su religión; los que no aceptaban convertirse los encadenaban, les daban terribles castigos y los vendían como esclavos o los mataban. Los que se convertían eran entrenados como soldados y los convencían de que los guerrilleros rebeldes le hacían la guerra al gobierno porque querían destruir la religión musulmana, eran infieles y querían «dar» el país a naciones cristianas. Esta era la forma más convincente para inyectarles a estos hijos de nuestro pueblo el odio contra sus hermanos.
Mis primeros años de vida Mi padre se llamaba Juan y dicen que era el papá más amoroso de toda la tribu, pero durante el primer ataque que los guerrilleros hicieron a nuestra región, lo asesinaron. Él tenía dos mujeres, con mi madre tenía cuatro hijos, y yo era el más pequeño de ellos, con la otra señora tuvo dos. Todos nos queríamos mucho, ya que mi padre sabía cómo cuidarnos y trabajaba con mucho afecto por nosotros. Pero la guerra destruyó todo y nos separó. Cuando yo tenía 4 ó 5 años de edad, lo único que sabía de la vida eran desconsuelos y carencias de comida, medicina, vestido y oportunidades para estudiar.
Recuerdo muy bien cómo fue el día en que perdí familiares, animales y todas nuestras pertenencias. Era de madrugada y durante la noche había llovido mucho, cuando de pronto nos despertaron y nos dijeron que corriéramos lejos del pueblo a escondernos entre los árboles. Todos corríamos con mucho miedo y tratábamos de no gritar ni hacer ruido para que nuestros enemigos no nos fueran a perseguir.
Después, cuando ya nos encontrábamos lejos de la aldea, escuchamos las ráfagas de metralletas, las explosiones de las bombas de mano y los gritos y cantos de soldados que celebraban. Pocos habitantes se quedaron en la aldea debido a que eran ancianos, estaban enfermos o eran bebés y que nadie pudo rescatarlos. Después de saquear, los soldados mataron a personas y animales que no pudieron llevar consigo e incendiaron todo.
Al cabo de bastantes horas, cuando todo se calmó, regresamos a la aldea. Al llegar, todo era muerte, ruina y todavía algunas de nuestras pertenencias y chocitas estaban ardiendo. No recuerdo cómo regresé a casa, lo único que sabía es que ya no estaban más mi madre y mis hermanos; todos llorábamos. Ese día fue el más funesto y dolorido de mi existencia.
Mi tía nos llevó a vivir, a mi hermana y a mí a una choza al interior de la selva, fue nuestra nueva mamá y nos quiso mucho; nunca nos trató diferente que a sus hijos, siempre buscó comida y nos cuidaba, nos escondía cuando había rumores de que los guerrilleros venían a esta zona, y cuando enfermábamos nos cocía plantas para que recuperáramos la salud. Poco a poco, comenzamos a hacer cierta vida normal en el bosque; para comer casi no sufrimos, pues la selva siempre brindaba algo. Además, mi tía comenzó a cultivar y yo le ayudaba. Así aprendí a cultivar camote, maíz, sorgo, frijol, cacahuate y algunas verduras; también aprendí cómo hacer trampas para cazar ciertos animales e ir de cacería. Para protegernos de los animales salvajes, mi tía me enseñó a preparar enramadas, y contra las serpientes, que había muchas, tratábamos de limpiar muy bien los alrededores de nuestras chozas y cortar la maleza cerca de ellas. Mis responsabilidades eran: cuidar y preparar de comer a mi hermanita y primos cuando mi tía salía, además de cuidar los cultivos para que los animales no vinieran a destruirlos y nos dejaran sin alimento.
Antes de ir a dormir, nos sentábamos a ver las estrellas y mi tía nos platicaba sobre nuestra familia y sobre muchas historias de personas que había conocido; también nos daba consejos y nos decía cómo teníamos que vivir si algún día ella moría o se la llevaban los soldados. Casi nunca nos reuníamos en grandes grupos para no llamar la atención, lo que dificultaba que nos enseñaran a leer y escribir; y para que nuestros atacantes no nos encontraran, vivíamos en zonas muy distantes unos de otros. Muy pocas veces usábamos ropa para cubrirnos y cuando la conseguíamos, muchas veces era vieja y de tallas grandes.
Preparación militar Cuando tenía 11 años, los guerrilleros me llevaron con ellos porque decían que yo era lo suficientemente grande para poder cargar una metralleta. Su propaganda era que todos los pobladores del Sur Sudán teníamos que ser guerrilleros, se quisiera o no, ya que según ellos, así se terminaría más pronto la guerra, así que todos deberíamos estar listos para luchar por nuestra libertad. Después de reunir a un buen número de niños y niñas, comenzamos una caminata de varios días hasta que llegamos al «campo» en las cercanías del pueblo de Akobo, ahí los guerrilleros nos trataron muy bien, éramos un grupo de 35 niños y niñas, casi todos de la misma edad, yo era uno de los más pequeños. Como el campo se encontraba muy cerca de la frontera con Etiopía, había facilidad para conseguir diferentes ayudas del gobierno socialista etíope, el brazo fuerte de nuestro movimiento, ya que ayudaba con armamento, entrenamiento, alimento y todo lo necesario para la guerra.
Al principio, nos dieron buena comida, pero eso sólo duraría poco tiempo. También se nos repartió ropa, ¡la primera vez que yo tenía ropa más o menos propia y decente para mí! Durante tres días nos dieron pláticas de cómo adaptarnos a la vida del cuartel, cuál iba a ser nuestra disciplina, responsabilidades y castigos, y por qué se estaba haciendo la guerra al gobierno del norte. Al cuarto día, nos pusieron a realizar nuestro primer entrenamiento, que consistía en correr para tomar condición, pero yo todavía tenía muy heridos los pies debido a la caminata desde mi pueblo. Había que obedecer o nos castigaban. Ese primer día quería llorar por los dolores de los pies y los aventones que nos daba el instructor para entrenarnos, ¿pero qué ganaba con llorar? No solucionaba nada y entonces resistí hasta que nos dieron descanso. Nunca usamos botas o huaraches en todo el entrenamiento y como guerrillero pocas veces tuve calzado en el tiempo que viví en Sudán.
En casi todos los entrenamientos cantábamos himnos y proclamábamos la grandeza de nuestro pueblo. Para el desayuno nos daban atole de maíz y masa de sorgo. Después, se impartían clases de inglés, matemáticas, historia de nuestro pueblo, conferencias sobre socialismo y lo teórico en todo lo referente a lo militar.
Por las tardes practicábamos con armas de todos los calibres, bombas de mano, camiones con rampas para disparar proyectiles... lo primero que nos enseñaban era a conocer el tipo de arma que teníamos, y después nos decían cómo usarlas y limpiarlas.
Terminaba el día alrededor de una fogata en donde cantábamos, platicábamos historias y nos daban ejemplos de jefes y héroes que habían logrado grandes hazañas en la guerra.
En el cuartel cada uno de nosotros tenía un oficio-servicio, algunas tareas eran: cultivar los campos, traer agua o leña, hacer camas, sillas o mesas... a los más pequeños nos tenían cierta consideración y nos mandaban a barrer y limpiar los dormitorios, salones y cuartos de oficiales. En esos años no tuve tiempo para jugar. ¡Ya éramos guerrilleros!
Niño soldado Al terminar el entrenamiento ya tenía más de 12 años. Los comandantes, viendo mi bravura e interés por la guerra, me destinaron al grupo encargado de atacar los cuarteles de los opresores y de los soldados que custodiaban sus zonas y atacaban a nuestra gente. A estos batallones nos llamaban «los peligrosos del bosque» por todo lo que debíamos sufrir. Teníamos que movernos muy ligeros y, por lo regular, realizábamos caminatas nocturnas para comer y descansar en agujeros durante el día. ¡Vivíamos entre maleza y árboles! Los soldados del gobierno casi nunca nos atacaban ahí porque sabían que era nuestro territorio.
Comíamos lo que íbamos encontrando; a veces cazábamos algún animal y lo asábamos si había tiempo, si no, nos comíamos la carne cruda; otras veces nos alimentábamos de frutos y raíces de matorrales, pero por lo regular la base de nuestra alimentación era maíz o sorgo cocido. Cuando íbamos con las personas que vivían en la selva, nos recibían muy bien y compartían lo que tenían con nosotros, ya que apreciaban lo que estábamos haciendo por ellos. Cuando algunos se rehusaban a recibirnos de buena gana y no querían compartir sus alimentos, nos poníamos agresivos y por la fuerza recogíamos todo lo que podíamos, al final, los azotábamos por no recibirnos bien. Hacíamos otras incursiones para buscar mujeres y dormir con ellas, no se les consultaba si querían o no; las necesitábamos. Las únicas que algunas veces se respetaban eran las ancianas y las mujeres enfermas.
Nuestro comando estaba formado por 16 guerrilleros, en donde había tres niños. Casi todas las guarniciones de los enemigos eran de 20 a 30 soldados. Aunque las guarniciones eran pequeñas, atacarlas y tomarlas era muy difícil, ya que ellos conocían muy bien su plaza y porque al mismo tiempo se protegían con cientos de minas que colocaban alrededor.
Cuando se decidía tomar una plaza, era porque a los soldados ya se les había torturado durante diferentes días o semanas con disparos y, sobre todo, no dejándolos dormir. Así preparábamos el terreno, y cuando estaban muy estresados y sin armamento ni comida nos abalanzábamos sobre ellos. Se comenzaba lanzando bombas de mano, disparando sin detenernos, gritando y quemando todo lo que se encontraba a nuestro paso; la consigna era: ¡matar, matar y matar!
A los soldados que tomábamos presos, se les hacía la revisión y si estaban muy heridos se les daba el tiro de gracia para que no siguieran sufriendo. Nosotros sí teníamos compasión por nuestro enemigo, siempre los respetábamos, nunca matamos por matar; en cambio, los soldados del norte nos torturaban y mataban sin ninguna consideración.
Empecé a fumar y a drogarme desde muy niño, algo muy común entre los guerrilleros. Cuando se vive en esas condiciones, uno tiene que entrar en acción sin vacilar, por eso se nos recomendaba fumar droga para llenarnos de fuerza, coraje y no tener miedo.
Una experiencia diabólica Una vez, estábamos muy cansados y fuimos a un pueblito a recoger alimento. Tendría cerca de 17 años y, como la mayoría de mis compañeros, yo ya era adicto a tomar cerveza y sukuzuko, el destilado de la cerveza de maíz. Para ese tiempo, nuestro comando se componía sólo de 13 soldados. Ese pueblo no tenía ningún resguardo militar y decidimos atacarlo después de descansar; deseábamos emociones y placer. La gente que habitaba ese pueblo eran 20 mujeres, algunos ancianos y enfermos y un gran número de niños; todos ellos trataban de reconstruir una vida normal a pesar de la trágica situación de pobreza y dificultades, pero esa noche destruimos su dignidad y la poca paz y alegría de ese lugar. Para ellos, esa noche se convirtió en un infierno, ya que les causamos mucho dolor, todo porque algunos de mis camaradas estaban drogados y tenían su corazón lleno de maldad.
Cuando se planeó el ataque, se decidió que cuatro de nosotros se quedarían de guardia en lugares estratégicos para protegernos de los soldados del norte y para no dejar salir a los habitantes. Ya para entrar en acción, el comandante y subcomandante decidieron cambiar a uno de los 9 que iba a entrar por otro que iba a estar de guardia. A quien se le pidió quedarse estaba muy molesto; nunca se supo por qué se disgustó tanto, ya que los guardias eran los que menos arriesgaban su vida, y al final, los más afortunados, ya que cuando se había controlado la situación se unían a los demás, sin descuidar su responsabilidad, a tomar parte de todo lo que se encontraba.
Al dar la orden, comenzamos a disparar y a correr a donde se encontraban las personas; la gente gritaba, lloraba y se llenaba de pánico; con gritos, algunos de nosotros tratábamos de calmarlos, pero no había manera ya que mis camaradas que estaban drogados habían matado a un hombre anciano, a una madre con su bebé y a un niño. ¡Qué tragedia! Cuando por fin los controlamos, comenzamos nuestra celebración, como no había mucho alimento, se les gritó a las mujeres y, reteniendo a sus niños con nosotros, se les mandó a punta de metralleta a que fueran a sus chozas y trajeran más alimento y licor. En esa ocasión sentí en mi corazón todo el sufrimiento que estaba viviendo esa gente y yo no podía hacer nada. Al regresar las mujeres, mis camaradas abusaron de algunas de ellas y lo más terrible y trágico es que fueron humilladas frente a sus hijos. Lo que vi era algo que yo nunca había vivido y, aunque estaba bajo los efectos del alcohol, me proporcionó una terrible repugnancia.
Cuando todos, incluidos los guardias, habíamos comido y bebido y las personas nos habían traído alimento y otras cosas se les dijo a seis mujeres jóvenes y a tres niños de entre 9 y 11 años que prepararan bultos para que nos ayudaran a llevarlas a la selva, donde pensábamos descansar. Al retirarnos, sólo 3 de nuestros camaradas iban más o menos en su juicio, ya que no tomaban mucho y pocas veces se drogaban, entre ellos, el comandante del grupo. Durante el camino, los cuatro que habían participado de la celebración y que habían regresado a su puesto de guardia se incorporaron a la huída. Después de tres horas de camino se decidió tomar un descanso; todos nos acomodábamos cuando surgió un problema entre el subcomandante y el soldado al que se le había pedido que se quedara de guardia. Al ver que era difícil que el guardia entrará en razón y se tranquilizara, el mando decidió arrestarlo y amarrarlo para hacerle un juicio al día siguiente; éste, sabiendo que estaba en peligro y que hasta se le podría fusilar, tomó su metralleta y mató al subcomandante y otros dos compañeros que lo iban amarrar; el asesino huyó junto con otros dos soldados muy amigos de él. En la confusión también huyeron los rehenes que venían cargando las cosas. Al día siguiente, muy estresados por el ataque al pueblo, la muerte de tres compañeros y la huida de otros tres, nos sentamos a pensar qué era lo mejor para nuestro futuro. Sólo quedábamos siete, y uno de ellos, el soldado más anciano enfermó de un momento a otro, por lo que decidimos abandonarlo en la selva ya que, poco a poco, la muerte estaba entrando en su cuerpo.
El comandante decidió ir a nuestro cuartel general para reportar todo lo sucedido. Antes de partir dividimos las armas, el parque y alimento que podíamos llevar, el resto de lo robado lo enterramos. Ya en el cuartel, nos presentamos ante un tribunal para exponer cómo habían sucedido los hechos, cada uno de nosotros referimos como habíamos experimentado esa acción; al terminar, los que nos juzgaron decidieron apresarnos, el jefe fue degradado, le dieron un año de prisión y no se le azotó, a todos los demás se nos azotó tres veces con 25 azotes y a mí me dieron tres meses de prisión, todo muy merecido por haber abusado de la gente sin ningún motivo.
Después de estar preso, viví en el cuartel, no tenía muchas obligaciones, me trataban bien, pero no sentía más el gusto de vivir ahí, de usar armas y de ir nuevamente a combatir. ¿Qué me pasó? No lo sé, lo único que pensaba era que yo me quería desaparecer de ahí.
Esperanza en una nueva vida En ese tiempo, las Naciones Unidas realizaba una campaña para que dejaran libres a todos los niños soldado y pudieran irse a vivir y estudiar en Kenia o en otro país. Yo, inmediatamente acepté, ya que uno de los comandantes se había hecho muy amigo mío y me daba buenos consejos; me contaba que él no había podido estudiar y que ahora tenía muchos años y bastantes compromisos con su familia, que yo aprovechara el estudio para tener una vida mejor; él me decía que algunos niños soldado de los cuarteles que se les había dado esa oportunidad de salir ya estaban muy viciados con hacer la guerra.
Con otros seis jóvenes que todavía no cumplíamos 18 años nos fuimos a vivir y a estudiar en Kakuma, al norte de Kenia, donde se encuentra uno de los más grandes campos de refugiados. Fue muy difícil porque tampoco ahí se tiene nada, pero no hay guerra. El alimento nos lo dan organizaciones e iglesias y ellas también nos brindan los estudios. Lo más bonito de la vida es aprender tantas cosas; yo no sé cómo le puedo dar gracias al Dios de mis padres que me trajo hasta aquí sano y salvo, y ahora me da la oportunidad de tener una vida mejor. Yo sé que la guerra es importante para defender a mi pueblo y por eso ahora quiero prepararme para emprender en un futuro una guerra diferente, donde no haya lucha con armas, sino con ideas y razones.
Ahora que sé leer, admiro a tanta gente en todo el mundo que tiene la oportunidad de estudiar, tienen cuadernos, plumas, libros, bibliotecas, laboratorios y escuelas donde hay electricidad y agua potable, aquí no tenemos todo eso, pero nos esforzamos por aprender y así ayudar a nuestro pueblo, ya que la educación es el futuro de las naciones.
Pronto terminará esta guerra Vivir así, es algo que nadie podrá comprender si no ha estado en situaciones semejantes, pero esto es lo que he vivido y están viviendo millones de niños en Sudán y en otros países del mundo. Nos han forzado a vivir en un ambiente en donde se pierde el sentido del bien y del mal. Nos enseñan a drogarnos, a emborracharnos, a matar, quemar, destruir y perder el sentido de lo bueno. Yo no pedí vivir esto, se me impuso; las injusticias sociales me forzaron a aceptar esta forma de vida; no me dieron la oportunidad de escoger y tener una familia llena de amor, de ir a la escuela y prepararme, de tener lo necesario y de tener un país con un gobierno que defienda mis valores como persona, mi religión y mi oportunidad de trabajar y adquirir una propiedad como en algunas zonas de América o Europa.
No me estoy lamentando, he vivido lo que me ha tocado, espero que ustedes valoren todo lo que Dios les ofrece, lo aprovechen y puedan ayudar a otros, y por favor, espero que no desperdicien el alimento que nosotros quisiéramos comer. Confío en que pronto terminará esta guerra y espero que ustedes contribuyan para que el gobierno de Jartum nos respete como personas, nos dé libertad y lo que es nuestro. Cuando esto suceda, podremos bendecir al Dios de nuestros padres por la paz y por este país tan bonito que nos dio. Después, cuando tengamos paz, haremos una gran fiesta y ahí los recibiremos con los brazos abiertos, con cantos y danzas, y ustedes, serán nuestros invitados de honor.
«As salaamu valéy kum» (la paz de Dios esté siempre con ustedes). ¡Shukran! (Gracias).
Leído 9 veces

|