Por Antonio Agredano el 20-Oct-2010 |
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Los salvapatrias no me gustan un pelo. Esos líderes que llegan a los sitios casi sin bajarse del caballo, arengando, reflotando a los maltrechos, inmaculados, elegantes en sus gestos, casi tocados por algún dedo divino, los elegidos para levantar una institución en decadencia; esos agigantados personajes cuya misión ?complicada siempre- le hacen agravar el rictus y que perdonan la vida a cada paso, esos, me sacan de quicio. Me gusta el trabajo laborioso y humilde, me gustaba Pellegrini aunque esté un poco demodé confesarlo. Entiendo que un espectáculo tendente al circo como el fútbol necesite esos artistas de la rueda de prensa, esos milimétricos bocazas, llenan portadas y lo que es más importante: convencen a los aficionados. Porque nosotros, los parroquianos, esgrimimos tópicos para defender a nuestros equipos. No somos de florituras gramaticales, ni de lógicas filosóficas. Somos irreductiblemente cafres hasta cuando queremos ser objetivos. La objetividad: auténtico El Dorado futbolístico.
Decía Valdano que el fútbol es un estado de ánimo. Y por esta vez tiene razón. Ayer en el partido del Milan tuve la sensación de que Mourinho estaba haciendo un gran trabajo. Su labor como entrenador es tan pornográfica que a veces se nos olvida que debajo de todo ese espectáculo onanista y exhibicionista hay un técnico trabajador y perseverante. El ataque rápido y la defensa solidaria son síntomas de que este Madrid es un equipo sin demasiadas objeciones. Tres líneas acopladas que interactúan con fluidez, que se comunican con inteligencia, que se justifican unas a otras. Si fallan los de delante ayudan los de detrás, si se equivocan los de detrás llegan a disculparlos los de delante. Fútbol en estado puro: sensación de equipo, de dureza y de indisimulada felicidad.
Como decía, no me gustan los salvapatrias, ni los redentores, ni el exceso de lengua para ocultar, como un trilero, alguna carencia del equipo. Pero un entrenador que logra por fin centrar a un descarriado como Marcelo, que le da galones a Özil, que ficha a un veterano Carvalho seguro de su rendimiento, merece algo más que ser reconocido por sus premeditados enojos. El pasado de Mourinho era un síntoma pero no un diagnóstico. Hay entrenadores que lo fueron todo y que fueron incapaces de levantar el cuerpo inerte de un club en decadencia. El Real Madrid estaba fuera de onda. Abotargado, con galactitis, tras un periodo de zozobra institucional y deportiva. No había garantías de que el portugués fuera el hombre, igual que el año pasado no lo fue Pellegrini por más puntos que metiera en su zurrón. Se necesitaba algo más que confiar en la pegada de los buenos, se necesitaba identidad y camaradería, elementos que ayer vi sobre el césped del Bernabéu.
No sé cuanto durará el espectáculo. En su contra, tengo la sensación de que el once está demasiado definido, que falta confianza en los suplentes. Ayer se desentumeció Granero, Pedro León apunta a mucho más y Benzema no da ni una alegría a sus defensores, entre los que me encuentro. Mourinho está explotando lo que tiene, su Special Eleven: Casillas, Ramos, Carvalho, Pepe, Marcelo, Khedira, Alonso, Özil, Cristiano, Di María, Higuaín. Salvo ligeros contratiempos, en ellos residirá el mérito de este equipo bien conjuntado. En ellos y en Mourinho, cuya personalísima concepción del avatar mediático no debe oscurecer su metódico y exitoso periplo.
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fotografía | www.realmadrid.com
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