Tico López Molina y Mario Jerez Cruz
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Tony Raful - 3/10/2009
Nací a escasos metros del parque Independencia, que era considerado entonces como el kilómetro cero de la pequeña Ciudad Trujillo. Eran las postrimerías de la dictadura que a sangre y fuego dirigió Rafael Leonidas Trujillo. Durante mis primeros diez años toda mi vida transcurrió en el entorno citadino, en alegres correrías, en paseos frente al mar, en los cinematógrafos próximos, en la búsqueda de peces de colores que desbordaban la pequeña piscina fuente del parque Ramfis, en las lecturas de ?paquitos? que la librería Amengual vendía entonces a tres por veinte cinco centavos, muñequitos y biografías ejemplares, historias sagradas y las vaqueradas, las postales de los peloteros de las grandes ligas, las misas los domingos en la Iglesia de San Carlos Borromeo, el Club de los Boy Scout, el Colegio de la Salle y luego el Colegio Nuestra Señora de la Altagracia que estaba en la calle 16 de agosto, muy próximo al consultorio de la doctora Josefina Garrido, una dama de la excelencia profesional y humana. Todo era muy cercano y todos nos conocíamos. Mis padres tenían un negocio cercano al local donde se instalaron dos grandes altoparlantes y flameó la bandera roja y negra del Movimiento Popular Dominicano.
En la primera semana de agosto de 1960, siendo un imberbe junto a otros amiguitos no mayores de diez años, presencié cuando una turbamulta llamado ?paleros? incendiaba el local del Movimiento Popular Dominicano, en la calle José Trujillo Valdez número 12, altos, que estaba al lado del cine Max, donde habíamos ido a ver un filme mexicano del cantante y actor Pedro Infante, quien había muerto en un accidente aéreo y quien en una ocasión había visitado el país con motivo de la llamada ?Semana Aniversaria? de la Voz Dominicana, dirigida por un hermano del tirano.
El Movimiento Popular Dominicano se había acogido a las garantías ofrecidas por la dictadura para que regresaran los exilados e hicieran oposición pública; se trató de un desafío lleno de coraje y valentía. Lo que parecía una farsa se convirtió con los días en un foco de masas antitrujillistas que despertaba la conciencia del pueblo dominicano, lo que llevó a la dictadura a reprimir sangrientamente a esos bravos legionarios de la libertad encabezados por Máximo López Molina. Allí estaba junto a un puñado de jóvenes de los barrios circundantes, Ernesto López Molina, Tico, humilde, combatiente, insobornable, quien corrió todos los riesgos y peligros, que fue torturado y desaparecido por un tiempo con la finalidad de matarlo y siempre volvía a ocupar su puesto de vanguardia en la lucha por las libertades.
Proveniente de una familia de gente honrada, decente, pobre pero digna, Tico López Molina vivió en entrega y sacrificio permanentes. En 1965, cuando el pueblo dominicano tomó las armas para reponer la constitucionalidad, Tico acudió presuroso junto a otros compañeros de su partido a buscar y detener a un viejo agente trujillista del Servicio de Inteligencia Militar que se había infiltrado en 1960 en su organización llamado Mario Jerez Cruz, y quien fue el responsable del asesinato de más de 80 miembros de ese partido.
Tico tenía la información de que Jerez estaba refugiado en una casa frente a la plaza Rubén Darío del malecón.
Cuando llegó, Jerez se había escapado minutos antes. Le pregunté a Tico qué significado tenía perseguir a ese delator tantos años después cuando otros eran los problemas y otros los adversarios contra los cuales se combatía en 1965. Me dijo que era una deuda pendiente por la desaparición de sus compañeros ya que no se había hecho justicia en este caso.
Con los años, en uno de los gobiernos del PRD, siendo quien escribe director general de la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña, se me acercó un señor que me pedía autorización para acceder a unos archivos de documentos de los años 50 del siglo pasado que no estaban a disposición de los usuarios en esos momentos.
Le pregunté su nombre: se llamaba Mario Jerez Cruz. Me quedé estupefacto.
Estuve varios minutos pensando si debía llamar a Tico López Molina o ir a buscarlo yo mismo a la casa de una hermana donde se hospedaba próximo a la Universidad del Estado.
Por mi mente pasaron veloces las imágenes de los jóvenes muertos, las llamas calcinantes que devoraron una y otra vez el local de la avenida José Trujillo Valdez, y recordé a Feliú, un vecino de la calle 16 de agosto que no había cumplido veinte años, que desapareció luego de haber visitado el local del MPD. Respiré hondo y le dije: ?Señor Jerez, su visita no es grata en esta institución, lamento tener que informarle que tiene que retirarse de inmediato?.
El señor Mario Jerez Cruz bajó la cabeza y se retiró sin decir palabras.
Lo que se retiró era una pobre excrecencia humana; parecía querer escondecerse en su propia raída anatomía.
Después me comuniqué con Tico, quien no tardó en llegar a mi oficina. Le conté lo que había sucedido y le dije que no valía la pena matar un cadáver, que la vida de este sicofante era un infierno de soledad y desprecio, y que además, el tiempo histórico no autorizaba un empleo de justicia individual. Tico nunca dejó de creer y pensar en términos coherentes y nunca doblegó su cerviz ante el poder.
Hace apenas unos días, Ernesto López Molina murió tan sencilla y humildemente como vivió. No tuvo recordatorios ni notas fúnebres en los diarios, no hubo para él exequias vistosas ni promesas celestes. Como si al morir hubiese querido no molestar a nadie con su muerte, que nadie se sintiera aludido ni en deuda por esa vida tan pura en términos éticos, tan limpia en espacios de sueños y luchas por la justicia y la libertad del pueblo dominicano.
Allí con él estaban sus hermanas y hermano; sólo Máximo no estaba porque vive en París, a quien quería entrañablemente, pero estaban sus antiguos compañeros de lucha y algunos amigos. Tico no quería a nadie más en su funeral, era suficiente avituallamiento de afecto y amor para vivir y para morir en tiempos de mezquindad.
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