Por Borja Barba el 07-Feb-2012 |
Foto 0 en Tres años después, San Mamés decide finalista: pega esta imagen en tú pagina, Foro, Myspace o Ebay con este código...
Han sido solo siete días. Siete días que se han hecho largos, en lo futbolístico. Siete días que han pasado lentos, pesados, con mil espacios vacíos que completar. Siete días, desde que el pasado martes el Athletic Club tomase ventaja en la eliminatoria de semifinales frente al Club Deportivo Mirandés (1-2) y acercase un poco más el gran sueño de la final de Copa al corazón de millares de bilbaínos. En ese breve lapso de tiempo, la cercanía de la ansiada meta ha propiciado que la imaginación se dispare con tendencia al infinito. Y los escenarios que han surcado la mente de los aficionados rojiblancos (imagino que en el caso de los mirandeses no ha sido muy diferente) han ido desde la borrachera de felicidad que se desata en los minutos finales de una eliminatoria ya sentenciada, hasta la debacle más absolutamente inesperada e ilógica. Todas las sensaciones han tenido cabida, desde el éxtasis hasta la pesadumbre más oscura. Aquí ya nadie se fía de nada.
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Una semifinal de Copa en Bilbao pasa por ser algo más que un mero evento deportivo. La historia trasciende del 105×70 y se convierte en todo un acontecimiento social en la capital vizcaína. Nada ni nadie en el Botxo es ajeno a lo que supone que el Athletic arañe con sus garras una nueva final. Baste como ejemplo lo ocurrido en el mes de marzo de 2009, en las horas previas a aquel inolvidable partido ante el Sevilla que dio el pase, veinticinco años después del último título de los leones, a la ejemplar final de Mestalla ante el FC Barcelona. Puede que esta vez el acontecimiento no haya superado al inigualable precedente. Estaba complicado. Intuyo que en algo ha podido influir el hecho de que el rival en cuestión asome desde la modestia de la segunda división B. Sin embargo, y siendo ése el mayor riesgo que amenaza el pase del Athletic, nunca se debería infravalorar lo que supone la disputa de una semifinal copera. La oportunidad de marcar una nueva muesca en la jalonada historia del club, por mucho que el camino no haya guardado la épica de ocasiones anteriores, jamás debería ser menospreciada, menos aún en esta época de pertinaz sequía.
Y Bielsa no lo ha menospreciado. No en vano, el técnico argentino reservó el pasado sábado frente al Espanyol a varios de los habituales titulares, en una práctica muy poco habitual en el rosarino. El hecho de que se saliese de su rígido guión puede interpretarse como un toque de atención a la posible relajación del equipo de cara a un compromiso que guarda una extraña relación de desigualdad entre su exigencia (un Segunda B, un resultado favorable en la ida, una afición volcada) y su trascendencia (el necesario paso previo para la disputa de una nueva final, de un nuevo hito histórico).
Poniéndome del lado contrario, y espero que el lector me permita la licencia de referirme “al lado contrario” en un caso como éste, me cuesta un mundo imaginar lo que debe implicar para una ciudad como Miranda de Ebro y un equipo como el Mirandés el estar a solo un paso de una final de Copa. Es difícil asimilar, desde la lejanía, lo que se debe de estar viviendo en la capital de la comarca burgalesa del Ebro. El sueño ha dejado de ser un sueño para convertirse en una realidad y ya a nadie se le escapa que el equipo dirigido por Carlos Pouso, personaje mayúsculo de esta edición del torneo, es un aspirante más, como otro cualquiera, a inscribir su nombre en la base del magno trofeo. La empresa es compleja. Vencer en San Mamés pasa por ser poco menos que una utopía. Pero que nadie espere un Mirandés entregado y boquiabierto bajo la mirada del santo y del viejo arco. La situación exige vaciarse, poner la cara y buscar la hazaña. No sabemos si será suficiente con la entrega que han exhibido en su trayectoria hasta la fecha en el torneo, lo que sí es seguro es que, de morir, de fracasar en su última proeza, lo harán en la orilla, con todos los honores y bajo el unánime reconocimiento de San Mamés, en un reflejo de lo que toda la España futbolística le debe agradecer a este Mirandés.
La victoria visitante apenas se contempla en las cuotas de apuestas en bwin. Se paga a 11.50 euros, por 5 del empate y 1.28 de la victoria local. Es curioso que, pese a apenas contemplarse la posibilidad de victoria rojilla, sí que se considera, y mucho, la probabilidad de que los de Pouso anoten, al menos, un tanto (1.09), cuota que aumentaría notablemente si fuese uno y solo uno el gol anotado por los visitantes (2.65). Sí se prevé un partido abierto, fundamentalmente porque el equipo de Bielsa no sabe jugar a otra cosa que no sea defenderse atacando. El over 3.5, resultado más que plausible, se pagaría a 2.70 euros por euro apostado, mientras que un gol de Fernando Llorente, enrachado, cotizaría a 1.60, 3.75 si fuesen dos o más. Interesante.
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