Por José David López el 22-May-2008 |
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Se dice que no hay victoria sin sufrimiento y que detrás de todo éxito se esconde una pizca de suerte (aunque ésta hay que buscarla). Sin esta ración, las conquistas se quedan por el camino, y cuando se hacen efectivas, siempre dejan una realidad extrema con lágrimas de impotencia por un sector y gritos de júbilo por el contrario. La última final de Champions tuvo una definición que lleva todas estas sensaciones hasta su punto más álgido y que, en el caso del Manchester United, es una constante; sus tres títulos continentales han tenido rasgos similares donde se amontonan milagros, maravillas y, desde luego, una buena dosis de suerte. La suerte del campeón.
Y es que es inevitable no echar la vista atrás cuando John Terry falla el penalti que pudo darles el título. No sólo lo manda al poste, no sólo era el último de una tanda de penaltis casi perfecta en ejecuciones (todos anotaron excepto Cristiano Ronaldo), sino que, para mayor capricho, tuvo que hacer acto de presencia un desafortunado resbalón en el momento justo del golpeo. Un punto cómico para la leyenda Blue y, desde luego, un instante de esos que estigmatizan la carrera de su ejecutor, un desconsolado John Terry.
Gracias a ese inesperado error y al posterior acierto de Van Der Sar (o desacierto de Anelka), el Manchester United levantaba su tercera Champions (para todos los hinchas del United, aquí pueden descargarse las celebraciones que no se vieron por televisión). Era la del incansable Giggs de los 759 partidos, la primera para un estelar Cristiano Ronaldo o una más para el profesor Ferguson, pero nadie negaba que era, como las dos anteriores, un clon insoslayable de sus hermanas antecesoras. Y es que los Red Devils parecen obcecados en provocar una catarsis de sensaciones contrastadas cuando alcanzan sus éxitos, como si no hubiera manera más ordinaria y lógica de conseguir llegar a lo más alto.
El Bayern de Múnich aún intenta explicarse cómo dejó escapar una final que tenía totalmente encarrilada a falta de sólo del descuento y cuando incluso el mítico Peter Schmeichel había abandonado su portería para intentar cabecear el último saque de esquina de un partido histórico. Fue en 1999 y pasó a denominarse así o ?Milagro del Camp Nou? (al menos para los mancunianos) cuando gracias a dos desesperados saques de esquina botados por un jovencísimo David Beckham, la cita enloqueció. En el primero un ya experimentado Teddy Sheringham tocó a la red para igualar y, tan sólo unos instantes después, el propio delantero volvió a rematar para que, en el segundo poste, tocara lo justo Ole Gunnar Solsjkaer.
Los dos héroes acababan de salir al césped y eran el último suspiro inglés para un choque que había encarrilado muy pronto a favor bávaro el ?bigotudo? Mario Basler con una falta magistralmente ejecutada apenas a los seis minutos de juego. Los muniqueses, que incluso se encontraron con un poste del gran Mehmet Scholl a falta de diez minutos, dejaron escenas para el recuerdo, llenas de tristeza, que reflejaban su abatimiento y el sin sentido del fútbol que les había dado la espalda como un fantoche deshonesto.
Tres décadas antes, en 1968, el Manchester United buscaba hacerse un hueco en el panorama europeo ante el potente Benfica de Eusebio, que venía de jugar prácticamente cuatro finales consecutivas en esos años de dominio dispar (Inter, Real Madrid o el Celtic se disputaban el trono). Londres y el vigoroso poder sentimental que supone para todo inglés el jugar una finalísima en Wembley eran las mejores armas para un equipo que una década antes se había roto al completo por el desastre de Múnich.
Así, liderados por Charlton, Best o Brennan y con el insustituible Matt Busby en el banco, el Manchester United iba a comenzar su particular romance con la suerte divina en las finales. Con un empate (1-1) tras goles del propio Charlton y del luso Jaime Graca, el meta Alex Stepney desesperó a la ?pantera negra? con varias intervenciones sublimes; una en especial, que el meta sacó casi milagrosamente tras un movimiento brusco y de reflejos, la que se llevó todos los reconocimientos como la clave de la final (4-1).
Era el inicio de una historia de amor por el riesgo, por los milagros sobre la hora y, desde luego, de una irremediable concatenación de detalles que, a buen seguro, tendrá continuación en la Historia.
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