POR LILLIAM OVIEDO
Insustanciales, poco relevantes y cargados de frases huecas han resultado los debates electorales en Estados
Unidos, situación que sólo puede atribuirse a que, debido al poder acumulado en las últimas dos décadas por la ultraderecha como sector, ningún candidato a la Presidencia o a la Vicepresidencia comete la osadía de presentarse como real opción de cambio, y Barack Obama no ha sido la excepción. Es una característica que marca el panorama político y se torna inocultable.
El debate entre Sarah Palin y Joseph Biden, fue un espectáculo que sólo cabe en la crónica rosa. Del debate entre Barack Obama y John McCain, hay que destacar que ambos trataron de presentarse ante el electorado como políticos con formación de estadistas y con capacidad para dirigir los equipos que tendrían como misión garantizar la seguridad nacional y recomponer el sistema económico.
En materia de política exterior, el debate estuvo cargado de frases huecas y a veces pronunciadas a medias.
Barack Obama se mostró dispuesto a conversar con los líderes de Irán, Venezuela y Cuba. Dice que, como presidente, se reservaría el derecho de reunirse ?con cualquiera? por la seguridad de Estados Unidos. Evade en lo posible hablar sobre las condiciones en que se producirían esas conversaciones, pero se ocupa de dejar claro que lo haría en aras de preservar el esquema.
La IV Flota amenazando a América Latina (el disfraz de asistencia humanitaria con que ayer se presentó su portaaviones en este país no alcanza para cubrir su rostro feo y amenazante) y la presencia militar permanente en varios países, no es tema que Obama haya tratado con propiedad. Esto luce como nota al margen pero en esta zona es fundamental.
Obama asume como amenazas la influencia de Rusia y el poder de Irán, y es partidario de hacer más fuerte y numerosa la presencia militar estadounidense en Afganistán. No es un simple juego al equilibrio, es ofrecer garantías a los intereses de una parte del complejo militar-industrial y dar continuidad al proyecto de controlar las vías de acceso a zonas ricas en petróleo y demás recursos estratégicos.
En cuanto a medidas de fuerza, en el discurso de Obama sigue presente el desacuerdo con la invasión a Irak. Alega que el costo en dólares y en vidas ha sido muy alto y que las consecuencias de esta acción han sido funestas, dado que Al Qaeda sigue existiendo y se ha fortalecido Irán.
Condena de palabra la acción de la Administración Bush, pero no mueve la influencia de su liderazgo para demandar que sean procesados sus dirigentes por haber sustentado en una mentira esa acción de fuerza.
Se lo impide el pacto por la cohesión del poder imperialista y el compromiso con el gran capital. Ese pacto refuerza el predominio de la ultraderecha.
Es lo que explica que no haya sido castigado el equipo gobernante después de mentir a la población y de poner en entredicho la imagen del sistema político de Estados Unidos en el mundo al decir que Saddam Hussein desarrollaba en Irak un programa de armas de destrucción masiva. Lejos de ser procesados, el presidente George W. Bush, el vicepresidente Dick Cheney y sus cómplices, siguieron en la Casa Blanca después del año 2004, y continuaron siendo beneficiarios del saqueo y de la guerra.
El rediseño del esquema imperialista a partir de septiembre del año 2001 unifica la derecha y la ultraderecha en la mal llamada lucha antiterrorista. Se desdibujan las diferencias y esto valida los más sucios recursos.
En el año 2000 la ultraderecha pudo colocar a Bush en la Casa Blanca mediante una ?rara? maniobra electoral, y ya en el 2003, fortalecida aún más, Bush no tuvo que renunciar, como tuvo que hacerlo Nixon hace casi 40 años, por violar las leyes.
Es en este marco que la fortalecida ultraderecha impone su estilo. Ante la crisis económica se ensayan salidas con evidente sello ultraderechista, y se cuenta para ello con el apoyo de los demócratas en el Congreso y del propio Barack Obama...
El sistema los cría y los mantienen juntos el compromiso de salvar a Wall Street y el pacto por el fortalecimiento de la hegemonía en el esquema imperialista. A la derecha, ¡qué asco!