Por Ramón Flores el 11-Apr-2008 | (Por primera vez desde que escribo en DDF, y sin que sirva de precedente, dejo una entrada en primera persona y escribo más desde el sentimiento que desde el cerebro; sabréis perdonarme, creo que la ocasión lo merece)
Así como ha ocurrido en los comentarios al partido de anoche, los editores hemos sostenido una animada discusión sobre por qué uno quiere que gane un equipo u otro. Yo viví el choque con un apoyo mental al Getafe y una tensión que sentía como casi única -y he visto miles de partidos- y por lo que os he leído a vosotros, había muchos sentíais lo mismo. No es fácil analizar de dónde sale ese apoyo, ni es el Geta un equipo por el que sienta especial simpatía o antipatía; no me gustó, eso sí, su actuación en Santander en Copa. Aunque tiene que ver un poco, tampoco es especialmente relevante que sea español. Tras meditarlo, he llegado a la conclusión de que eran las circunstancias, en cierto sentido realmente especiales (el rival casi más mítico posible, el equipo pequeño que se esfuerza por jugar bien y que se está superando, el desarrollo del partido de ida, el resultado de dicho partido, etc.), las que me hacía pensar, o más bien sentir, que estaba ante una oportunidad grande, histórica, inolvidable, como así ha sido. Más o menos es lo que intentaba expresar en mi previo de ayer, aunque seguramente no lo logré.
Si ayer el Bayern hubiera marcado en el minuto diez y en ese momento se hubiera acabado el partido -o sea, el desenlace normal, habitual y previsible- pues nada, finito y a otra cosa. Pero es que lla marea en el Coliseo fue creciendo hasta que aquello tomó tintes de hazaña demencial, y me cuesta creer que cualquiera que al principio del partido cobijase un mínimo de neutralidad no se sintiese destruido con el desenlace. Sin contar el desequilibrio entre Bayern y Geta, creo que nunca he visto a un equipo con diez desde el minuto cinco hacer tres goles. ¡Dos en la prórroga! Y sí, el Bayern también tuvo las suyas, como no podía ser de otro modo pero es que el 99% de los equipos que he visto en esta situación estaban hundidos -no, muertos más bien- desde el minuto 60, no hablemos del tiempo extra. Y los azules no sólo estaban de pie; también pasaban, corrían, pensaban, e incluso, rompiendo gargantas, marcaban. La motivación triunfando sobre el destino, la adrenalina sobre el ácido láctico, la fe frente a la resignación. Lo que nos hace eternos, lo que nos hace grandes,… lo que nos hace hombres.
Fue un partido inimaginable, colosal, irrepetible. Una tragedia griega, con clímax descomunales y el más duro de los finales, repetido dos veces. Con héroes y villanos, con los más fieles entre los tuyos traidores involuntarios en el peor momento (De la Red y Pato, anoche personajes de Shakespeare), Casquero como Leónidas, Braulio sufriendo la maldición frente a Kahn, el Bayern agarrado con las yemas de los dedos a lo que le ha hecho enorme. No es el partido del año, es el de muchos años, ya en la categoría de lo mítico desde el día siguiente: donde está la final del Alavés, la del Manchester en Barcelona, Alfonso contra Yugoslavia, gol de Nayim, el milagro de Berna, el Maracanazo, la final de Estambul, el 5-4 del Barça al Atlético o la eliminatoria del Madrid contra el Borussia. El territorio de los dioses, los milagros y las leyendas. El fútbol.
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