Por Borja Barba el 07-May-2009 |
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El FC Barcelona disputará el próximo día 27 de mayo, la que será su sexta final de Copa de Europa, después de haber sufrido más de lo deseado en su eliminatoria de semifinales ante el Chelsea. De la clasificación del equipo azulgrana se puede decir de todo… menos que ha sido merecida. El equipo londinense supo contrarrestar, en los dos partidos, el juego del rival. Reventó los engranajes azulgranas con una propuesta defensiva prácticamente insuperable y entendió a la perfección cuál era el fútbol que debía poner sobre el césped para hacer frente al mejor equipo del mundo en la actualidad.
Actuación arbitral al margen (y muy al margen, puesto que metidos en harina, daría para escribir ríos de tinta), por primera vez en esta temporada se ha podido ver, en el doble duelo ante los Blues, a un Barça maniatado, espeso y con serias dificultades para crear ocasiones de verdadero peligro en la portería rival. Por primera vez en la temporada, el Barça ha visto peligrar un resultado por los méritos defensivos de su contrario. Porque, no nos engañemos, a día de hoy, no hay nadie que pueda sostener un combate cuerpo a cuerpo contra el equipo de Guardiola. O te defiendes como un gato panza arriba y lanzas tu zarpazo en el momento preciso, aprovechando uno de los pocos momentos de debilidad de la máquina culé, o la derrota (incluso la goleada) está servida.
Sobre este punto, en los últimos tiempos, se ha instalado una, a mi juicio, peligrosa corriente entre la afición barcelonista. El desprecio sistemático por todo estilo de juego que no sea similar al desplegado por el cuadro de Guardiola empieza a resultar exasperante.
Se pudo ver con claridad tras el 0-0 del partido de ida en el Camp Nou. El Chelsea fue acusado con crueldad y desprecio de salir ‘a encerrarse’ en el feudo azulgrana, de no querer ganar el partido, y de torpedear el juego virtuosista del Barça con continuas faltas y parones durante lo 90 minutos. Como si el intentar detener el torrente de fútbol de ataque de los azulgranas fuera un delito, o un pecado indigno de un semifinalista de Liga de Campeones. Como si intentar oponerse y defenderse ante uno de los mayores derroches de fútbol ofensivo que uno recuerda, tuviera que estar perseguido. Como si los rivales tuvieran que ir rindiéndose a la teórica superioridad culé, abriendo sus líneas y permitiendo las filigranas de la muchachada de Guardiola.
A estas alturas del juego, a nadie le cabe duda de que al fútbol se puede jugar de mil maneras. Al fútbol juega el Barça, y al fútbol, al mismo fútbol bajo reglas FIFA, juegan el Chelsea, el Bayern, el Racing, la Grecia de Rehhagel o el Wimbledon de la Crazy Gang. Y todos son ‘hijos de un mismo Dios’. Querer reducir un deporte tan rico, tan interpretable, y tan lleno de matices como es el fútbol, a un simple juego de posesión de balón y triangulaciones en las proximidades del área contraria, es de un simplismo preocupante.
Soy consciente, y bajo esa consciencia escribo este artículo, de que muy probablemente mi postura sea criticada con dureza por buena parte del barcelonismo. Pero estas reflexiones creo que están por encima de cualquier color o bandera. No querer comprender que al fútbol se pueden jugar de muchas maneras demuestra una mentalidad ciertamente obtusa. No niego que hay estilos que son infinitamente más estéticos que otros, y que el juego del Barça pueda ser más agradable desde ese punto de vista puramente ‘estético’, pero condenar el resto de propuestas futbolísticas por no ajustarse a los estándares del fútbol que reinan en Can Barça, es sólo una muestra más de forofismo.
Dicho esto, ojalá fueran más los clubes que abrazaran el mismo estilo de juego que los azulgranas. Ojalá hubiéramos podido disfrutar de unas semifinales de Liga de Campeones, incluso de unos cuartos, en los que los equipos en liza hubieran mostrado sobre el césped una vocación indudablemente ofensiva. Pero, por suerte o por desgracia, las cosas no son así. Al fútbol se juegan de mil maneras, y todas ellas lícitas.
Contar en una misma plantilla con Andrés Iniesta, Xavi, Leo Messi, Thierry Henry, Samuel Eto’o, Yaya Touré o Gerard Piqué (el Koeman del Barça de Guardiola), es un lujo que no está al alcance de cualquiera… que no sea el Barça. Cierto es que semejante colección de futbolistas es el fruto de una política de fichajes y, sobre todo, de cantera, brillante, y que no hay tanto de casualidad como de causalidad. Pero no es menos cierto, que contar con esa nómina de virtuosos otorga un plus a la hora de desarrollar ese estilo de juego que preconiza el Barça.
Anoche no ‘ganó el fútbol’, como muchos se empeñan en proclamar. Anoche ganó el FC Barcelona, con su estilo, con su propuesta atrevida y estéticamente vistosa. Una propuesta más, dentro de las mil y una que ofrece este deporte.
Enhorabuena al Barça. Enhorabuena por llevar ese estilo de juego hasta las cotas más altas del éxito. Pero, cuidado, el fútbol sigue existiendo incluso allí donde no queremos verlo.
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