Por fujur3121@gmail.com (Fujur) el 17-Apr-2009 | Buena parte de los grandes descubrimientos paleontológicos de la historia son producto de la más trivial casualidad; como ejemplo paradigmático me viene a la cabeza Baryonyx walkeri (uno de los más célebres terépodos del Cretácico Inferior europeo). Corría el año 1983 cuando, William Walker, aficionado a los fósiles, yendo de paseo por el Condado inglés de Surrey, se encontró lo que parecía ser una garra que sobresalía de entre la arcilla. Una vez avisados los científicos del Museo de Historia Natural de Londres, se procedió a su excavación, encontrándose uno de los
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fósiles más célebres de cuántos existen en el Mundo. Lo que muchos paleontólogos, amantes e investigadores de la fauna del Mesozoico no habrán conseguido en toda su vida, pudo este buen hombre realizar, sin mayor mérito que el de haber paseado por un lugar, en un tiempo oportuno. Un gran divulgador científico, como es John Gribbin, se refirió a Copérnico, Vesalio, Darwin y Wallace, como a genios (aunque no siempre lo sean) que no son, por nada en el mundo, ?insustituibles?. Explica tan afamado autor que ?el progreso científico se construye paso a paso y, cuando llega el momento oportuno, como muestra el ejemplo de Darwin y Wallace, dos o más individuos, cada uno por su lado, pueden dar el paso siguiente. Es la suerte o un accidente histórico lo que decide cuál de ellos será recordado como descubridor de un fenómeno y pasará con un nombre a la posterioridad?. Nada que objetar. Permítanme dar un enfoque ?jurídico? al asunto. Díez Picazo y Gullón Ballesteros recogen excelentemente el fundamento y la legitimidad del derecho de propiedad intelectual. Muy genéricamente, debemos distinguir tres posiciones: - Una ?teoría negativa? que opina que al pensamiento humano, como inmaterial que es, le faltan las condiciones técnicas necesarias para poder ser considerado como objeto de apropiación. Por otra parte, se afirmará que las obras del ingenio humano no son, en rigor, nunca obras de carácter individual, sino creaciones de la comunidad. ? Otra que admite y defiende la propiedad intelectual como derecho estrictamente individual; la propiedad intelectual, se dice, se funda en una consideración económica: la de la necesidad de procurar al autor un lucro remunerador de su trabajo, y en una consideración estrictamente jurídica: la de ser las producciones de la inteligencia una derivación y una emanación de la personalidad humana, y ser justo, por ende, que pertenezcan al autor en virtud del acto de creación espiritual. ? En tercer, y último lugar, una tercera dirección de carácter ecléctico e intermedio que admite el derecho individual del autor sobre la obra del ingenio, pero sólo de un modo limitado y temporal, a fin de hacer posible que la sociedad, que facilitó al autor los medios que a éste sirvieron de base para la creación de la obra, tenga en ella una cierta participación. No cabe duda de que nos encontramos ante dos posibles posiciones-concepciones, obviando la tercera (mera transacción, por lo demás ?ilógica?, entre los dos extremos) para un mismo fenómeno. ¿Quién tuvo mayor mérito en el hallazgo de Baryonyx, el bueno de Walker, los científicos del Museo de Historia Natural de Londres, el primer Homo sapiens sapiens que supo diferenciar de la tierra el hueso, o todo el progreso científico e intelectual que nos ha llevado, al estado de la ciencia, a saber distinguir un dinosaurio (fósil real) de un dragón (leyenda imaginaria)? Disculpen estos cambios de contexto y de paradigma? ¡pero la reflexión no deja de ser, preocupantemente curiosa! Darwin es un caso ejemplar que nos servirá para una nueva reflexión. Una vez nos hemos decantado ?un tanto? por la primera de las tres posiciones respecto a la propiedad intelectual, debemos de decir que existen inexcusables, e imprescindibles, condicionantes que otorgan el ?derecho estrictamente individual? al que se refiere la segunda teoría. Charles Darwin pertenece al selecto grupo de los ?sacerdotes desertores?. Su privilegiada posición económica, y el momento histórico (Imperio Inglés) en que le tocó vivir, hicieron que pudiera publicar un libro revolucionario (?El Origen de las Especies?) conteniendo pensamientos, en ocasiones poco más desarrollados, pensados por otros primero (o en el caso de Wallace, al mismo tiempo). Obviamente, el anglosajón Darwin es más conocido que el checo Mendel (padre de la genética). No por ser más meritoria su
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trayectoria? ¡sino por haber ?gastado? paradigma y situación más proclives! Nueva idea que se me ocurre traer a colación: el dinero condiciona el mérito. Quizá fuera un buen momento para defender a los romanos y a su concepto de ?honra?. Relacionado con ello, el mayor jurista de todos los tiempos, Caspar Rudolf von Ihering, afirmó que ?el trabajo intelectual no era considerado trabajo, por estimarse que no exige esfuerzo ni sufrimiento, que no fatiga al hombre y que no confiere derecho para reclamar un salario?. Quizá sea ésta una solución muy extremista, pero no cabe duda de que siempre deberemos tener presente, no sólo los méritos personales de que por nuestra mente se pasara, por acción del ?Caos condicionado?, una idea genial, sino también la realidad de que todo esto ha sido condicionado por un pasado, de esfuerzo colectivo, que dota al eventual ?estado de la ciencia? de una eterna dinámica de pasado, presente y futuro. Primera imagen: ilustración de Luis Rey (http://www.luisrey.ndtilda.co.uk/html/bary256.htm) Segunda imagen: First published in Fun, Nov 1872. Original caption: That Troubles Our Monkey Again - female descendant of Marine Ascidian: "Darwin, say what you like about man; but I wish you would leave my emotions alone". Cita de Gribbin: Gribbin, John (2005). Historia de la ciencia, 1543-2001. Barcelona: Crítica.
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