Qué espantosa y qué terrible resulta la elección de Dios. No sólo miró nuestra miseria, sino que se miró desde nosotros. Se hizo uno más de nosotros. Eligió estar entre miserables y tomar la peor de las miserias a brazos abiertos y pies clavados. El espanto del derrame amoroso sigue siendo perturbador cuando sale al descubierto en la faz de otros miserables: del harapiento que manifiesta la falsedad de nuestros vestidos; del drogadicto que recuerda nuestra adicta vanalidad; del mendigo que desnuda entrañables búsquedas. Atraviesa porque une: porque tras esa elección dolorosa, Su consuelo inunda. La Cruz no es destino; es elección, es una elección libre y afectiva, sublime, en la Dios se transforma en hombre, una elección que se teje en la Eternidad a cada instante, que transforma la muerte en Vida para siempre.
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