Por Mónica el 14-Apr-2007 | 
Uno puede perder los nervios por muchos motivos. Yo tengo un virus. LLeva una semana acampado en mi ordenador a sus anchas. Zampándose el acceso a internet entre otros suculentos manjares. Eso ha descolocado tanto mis hábitos cotidianos y mis nervios, que creo que incluso me asoma alguna cana. Y yo que me las daba de que era alguien caótico, sin costumbres, sin horarios (eso sigue igual), con un día a día anárquico. Ahora descubro que soy peor que las marujas que sincronizan sus relojes para encontrarse en la fila del mercado, que bajan siempre a la misma hora a comprar y tienen un día fijo para la peluquería o llamar a la vecina de al lado.
El bicho, al que he decidido dotarlo de aspecto de gusano blandito, me lo ha demostrado. Tengo acceso a todas horas a otro ordenador, infinitamente más bueno, más rápido, que no se cuelga, con un ratón casi de aspecto extraterrestre, y sin un sólo programa o foto absurdo desparramado sobre el fondo, que obviamente no es mío. Y fíjense si seré absurda, que aún así, yo extraño mi ratón de oferta. Mi penosa resolución de pantalla. Mi word que se cuelga y corrige a su aire, mis fotos en tres o cuatrocientas carpetas sin orden ni concierto y que no encuentro cuando las busco. Y me encuentro deambulando a todas horas, perdida, extraña como un mar sin colchonetas, en busca ni siquiera sé de qué. El gusano con rayas me ha sacado de mi estudio, de mi escritorio inmenso, pero tan lleno de los objetos más dispares, que no puedo apoyar un folio sin apartar miles de cosas. Y no sólo le odio por eso, sino por hacerme ver lo previsible que puedo llegar a ser, lo cuadrada y cerrada que llega a estar mi mente.
Leído 65 veces

|