Por Mónica el 20-Feb-2008 | Olga y Juan eran una pareja de lo más normal. Frecuentes discusiones, seguidas de vez en cuando de fogosas reconciliaciones. Habitual monotonía. Algunas escapadas nocturnas de Juan con los amigos, aceptadas por Olga con reserva. Esperas que terminan con el libro desparramado sobre los grandes y bizcos pechos de Olga, que no estaba tan tranquila como decía cada vez que Juan volaba por las noches. En otras épocas ella era la que lo hacía. Ahora sólo espera y lee. Juan medio mareado habitualmente recoge el libro, y lo coloca en la mesilla a la vez que le apaga la luz, para que Olga se duerma del todo y deje de dar vueltas en la cama.
Antes volaban juntos. A miles de sitios. Ella tenía una cafetería y se declaraba una psicóloga de la calle. No era guapa, pero era tremendamente atractiva, llena de carne turgente y sensualidad, que bailaba por dentro de la barra. Una valquiria de la cerveza y las copas. Él era un plumillas inquieto, delgado e idealista. Luego ella cerró el negocio y aún volaron más. Luego él dejó de lado muchas ansias y sentó la cabeza, llegando alto o bajo, según desde dónde se mire. Con el tiempo, sólo volaban los de alrededor suyo. Era una de las muchas desventajas de vivir cerca del aeropuerto. Era todo normal. Todo lo normal que puede ser después de casi veinte años juntos.
Todo menos las visiones de ella. Según Olga. Para él en algo tenía que entretener su mente inquieta. Inquieta en tiempos. Ahora prácticamente dormida Por las mañanas visionaba la persona que sería su próxima misión, y estaba segura que a esa persona le había pasado ?algo?. Gente en la que no tendría por qué pensar bajo ningún concepto. Ni les apreciaba, ni les odiaba, ni les veía desde hacía siglos y mucho menos meditaba sobre lo que podría acaecer en sus vidas. Luego comenzaba el periplo de la búsqueda. Algunos fáciles de localizar, otros no tanto. Cuando lo conseguía que era casi siempre, se cumplían irrefutablemente sus visiones. A veces se habían casado, otras se había muerto su abuela, otras tenían un hijo, otras se habían divorciado, cambiado de trabajo, aumentado el sueldo? Era una visionaria. Para Juan era una plasta. Indagaba y les preguntaba tanto, que finalmente era imposible no encontrar algo diferente en sus corrientes existencias. Ella le aseguraba que no era algo tan simple. Les veía claramente, como si los tuviera delante de las narices, mientras permanecía sentada en la cama medio dormida con los ojos legañosos y los pechos ya caídos mirando hacia el colchón de látex. Luego se cansó de explicárselo. Como se cansa uno de tantas historias.
Él insistió para que volviera a trabajar. Como tantas veces, como tantos años. Ella le miró como quién mira a un extraño. ¿Te parece que trabajo poco? Cierto era que su casa estaba impoluta. Y sus pesquisas los últimos meses la habían motorizado hasta límites insospechados, llamadas por teléfono, cadenas de e-mails, encuentros con gente en cafeterías, bares, puertas de cines? Era como un Poirot barato y venido a menos. Una mañana algo cambió. Ya nada era normal. La casa estaba sucia, el polvo se sentaba por todas partes. Olga estaba decaída. Al parecer no había búsquedas, ni pesquisas que realizar. En realidad no hacía, ni decía nada. Había un silencio y tranquilidad que ponía a Juan los pelos como escarpias cuando recorría el pasillo de la casa. Cuando le preguntó muchos días después, quizá semanas, ella le dijo: ? He tenido una visión. ? ¿Y? ? Era contigo. ? ¿Y? ? ¿No lo entiendes? ¿Es que no te das cuenta de lo qué significa? ? Pues no ? dijo él, sin mostrar demasiado entusiasmo. ? Sólo tengo mis visiones con todos los que no tienen nada que ver con mi vida. En los que no pienso, a los que no veo, los que no me importan. ? dijo ella, cogiendo su incomoda y gigante maleta azul, que siempre daba tumbos en esos aeropuertos y andenes de estaciones por los que hacia años que ya no caminaba.
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